viernes, 17 de mayo de 2013

Gélido panorama


Madrid, 17 de mayo de 2013. Menos de media plaza. 6 novillos de Guadaira, mal presentados, alguno un becerrote auténtico, mansos o muy mansos en varas, de juego absolutamente dispar.  Gómez del Pilar, silencio y silencio. Juan Leal, palmas y silencio. Roberto Blanco, ovación y silencio.

Al próximo que me hable del calentamiento global del planeta, pienso encadenarlo a la delantera de andanada para que disfrute de la cálida brisa de este mayo madrileño. Y es que al frío cuasi invernal de esta tarde de nubes y claros, con un ruedo muy poco practicable, con charcos y barro aún, mal acondicionado por nuestra formidable empresa –entiendan la ironía o el sarcasmo-, a la poca calidez de tendidos medio despoblados en este San Isidro 2013, hemos de sumar un panorama más frío aun, desolador, invernalmente patético en lo taurino.
Ni la novillada de Guadaira, antaño noble y aprovechable –si no es algún becerrote suelto- ni la terna han calentado los ánimos de la afición, y sólo de tanto en cuanto el público de la entrada de favor o de regalo de cualquier conocido, el turista despistado –casi tantos como un domingo cualquiera- o el abonado destemplado respondía a la ligazón de tres o cuatro muletazos por ahí.

Esto lo echaron en primera instancia... y no era ni mucho menos, el peor presentado (Foto: las-ventas.com)
¡Dios mío, qué panorama nos espera más allá del Muro! Ríanse de Invernalia, el largo e imprevisible invierno que nos espera no lo solucionan ni los pocos héroes que aún quedan en este Juego de Tronos del toreo. Los mismos malos de la serie parece son los responsables de que el ganado haya bajado de categoría hasta ser parejo al de cualquier plaza portátil. Estos Lannister de la fiesta han bajado el nivel, con sus manejos y propaganda calculada de modo que un novillo de Madrid, en plena feria de San Isidro (como si lo fuera de Desembarco del Rey) es comparable al del más misérrimo villorrio. Y la afición ha tragado y condescendido en ello, ¡qué pena! Hoy han saltado algunos que ni en algún festejo sin picadores. Claro que, para la falta que hacen,… ¡que los supriman!, y les ahorramos dos duros a los mentores de los chavales. De bravura… la mar, probablemente, si les sale un lobo de los protectores de los chicos Stark, se mueren petrificados de espanto. Así que, entre que no se ha picado a los impúberes, que alguno se ha intentado quitar el palo de cualquier manera, y que ha habido hasta dos de ellos con huida franca y coz incluida al caballo, esto de la bravura parece que no interesa al ganadero… si acaso la casta. Pues… tampoco. Sólo el cuarto se ha crecido francamente en la muleta y ha ido a más, aunque dos o tres de ellos se han movido para ir precisamente a menos a lo largo del trasteo (lo llaman toreabilidad). Veamos, con brevedad, porque la tarde no ha dado más de sí que este panorama lleno de fantasmas invernales.   

Gómez del Pilar en el cuarto, una de las pocas ocasiones en que se lo pasó cerca (Foto: las-ventas.com)
Abrió plaza el triunfador del pasado año, Gómez del Pilar que, cangrejeando en el oficio, parece que retrocede más que avanza. Su primer becerrote se llamaba Notario, de 441 kilos, una oblea negro listón y lombardo, que hizo mejor pelea que sus hermanos en el caballo, para luego ir a menos ayuno de casta que llevarse a la boca. Lo recibió el madrileño a porta gayola, se fue, y no hubo lances de recibo. Repito: ¿por qué no lo pararán los peones para que se estire el espada? ¿No es acaso más meritorio lucirse con el percal de salida, que parar al toro, o lancearlo después del primer o segundo puyazo con las fuerzas ya mermadas? Unas chicuelinas por ahí en su quite y unas gaoneras por allá en la réplica al quite de Juan Leal (ambos acabaron con un bonito lance a una mano con la capa) fue todo lo apreciable del percal de Gómez del Pilar. En la muleta poco hay que contar; siempre desde fuera, muy despegado y periférico, insistió muchísimo más que demasiado frente a un bicho que se moría en pie, tardeando desde la tercera tanda en adelante. ¡Qué pesadez insufrible! ¿Quién les contará que hay que ponerse irremisiblemente plasta en Madrid? ¿A qué espejo se mirarán…?, aunque la respuesta a esta última pregunta me la sé… y ustedes, a poco que piensen, también. Ni un desarme, ni los pitos, ni la suciedad final del trasteo hicieron mella en su férrea voluntad de castigar nuestra osadía de pedir que lo eutanasiara. Por fin, un pinchazo con el brazo por delante y una estocada en el rincón y silencio.  El cuarto, Levantisco de mote, fue el novillejo encastado del encierro; un animalito de 453 kilos, negro bragado y meano, delantero de armas, manso pero yendo a más en el último tercio, plantando cara. Otro recibimiento a porta gayola sin mayores complicaciones, y nueva muestra de toreo periférico y despegado, con muchos pases y pases, y más pases y aun más, en casi diez series consecutivas en las que el torete no se cansó de embestir. Parece un simple trabajador por horas del toreo. Acabó podido por el novillo, con más de una duda, incertidumbre y paso atrás, especialmente con la zurda, en que llegó el bicho a desbordarlo, como también haría por la diestra al final. Lo despenó de una entera desprendida y a esperar que venga el verano o el triunfo en Aguas Dulces.

Juan Leal estoqueando al segundo (con desarme) (Foto: las-ventas.com)
Al francés Juan Leal le vimos otro tanto. En el segundo de la tarde, Fandango, un saleroso becerro de 434 kilos, más delgado que una lámina de pan de oro, negro con bragas y delantero, manso, sin clase y que acabó ahogando, hubo aquello de “rien de rien”. Ni con el capote (ahora no tocaba quitar porque era su novillo, claro) ni con la franela entre las manos. Faena nuevamente periférica, despegada (con el frío que hacía…), abusando del pico, sólo jaleada por los que venían de nuevos a esta plaza o los amigos incondicionales. El bicho acudía mejor en la distancia, así que, dicho y hecho, el galo acortó aquella, para que al menos no se vieran las carencias. Y, hala, encimismo al por mayor, alardes entre los pitones, circulares invertidos, agarre de lomo y otras bellezas del toreo contemporáneo de la mejor especie; todo propio y característico de la Monumental de Peralillos a la Mar. Y el caso es que el bicho embestía de lejos… quizá si no lo hubiera ahogado… Un pinchazo con desarme, sin pasar, y una entera desprendida, con nuevo desarme y también sin pasar (debe ser su estilo), y unas palmas provocadas al salir… sin que nadie se lo pidiera. Muy mono… todo. Más y del mismo estilo en el quinto novillo, Ofendido, un animal de 459 kilos, negro bragado y meano, bastante manso, yendo a menos, muy flojo y sin casta. Unos trapazos capoteros, y más toreo periférico y despegado en la muleta. Para qué voy a aburrirles, bastante tengo yo ya. Sin continuidad, abusando del pico, a media altura para que no se cayese demasiado, deslavazado, terminó encimista y sin ningún interés, entre pobres arrancadas, tardeo y andares defensivos. Una estocada casi entera, atravesada y perpendicular, ahondada en dos tiempos mientras se iba de la suerte y cuatro descabellos pusieron punto y final.

Roberto Blanco, el único que lució algo en el festejo (Foto: las-ventas.com)
Roberto Blanco al menos mostró alguna pequeña cualidad. Su primero pasaba por Protestón, una birria brocha y corniprieta que sin duda debía ser de desecho o defectuoso, 452 kilos, negro bragado, manso y a menos en la lidia. Así se presentan los novillos en la primera plaza del mundo, sí señor. Le dio algunas verónicas ramploncillas en el saludo, antes de que el bicho huyera de los caballos cual de los muertos vivientes de más allá del Muro, y le regalara una coz en el segundo envite. Citó Blanco desde los medios en el último tercio (brindó los dos toros al respetable, y más… si los hubiese tenido), y al hilo sufrió una colada. Al menos se le veía con más ganas que a sus compañeros. Luego lo de siempre, pico, por allá y por acá, desde fuera y con espacio para que transitara un vagón del Metro… si no hubiesen vuelto a las dichosas huelgas de cada semana los maquinistas mejor pagados de España (algún día, alguno de los millones de parados le pegará un bofetón a alguno de ellos, ya verán). Ligó en este toreo moderno heredero del aserto Lagartijista, “que viene el toro, te quitas tu, que no te quitas, te quita el toro”.  Ciento cincuenta años de evolución para acabar en el toreo contemporáneo; la estética es mayor, pero el movimiento inverso al riesgo, el mismo. Con un final a menos, por parte de ambos, con algún paso atrás y circular inverso, y bernardinas de remate (propio de la estética de boina y alpargata que hoy se usa), lo mando al desolladero de pinchazo -con el brazo por delante- y entera caída… Ovación, pásmense. El último, y con ello termino el suplicio, se lo prometo, se llamó Pintor, un bicho ágil, todo hay que decirlo, que saltó la barrera de salida por el 7… mira tú que ignorante. Debía ser de brocha gorda, porque esto de la lidia por lo fino no iba con él, se quitó el palo en la primera vara, derribó en un recargue en el que pilló al del castoreño en Babia (provincia de León, para los de LOGSE) y no recibió más castigo porque el usía debía andar por las Batuecas (provincia de Salamanca) y, claro, no hubo conjunción universal. Brindó el diestro otra vez al público, que hay que sacar todos los aplausos posibles, y se las fue a componer con un buey mugiente (pero que mucho, además), que se quejaba de todo, protestaba y no quería repetir. La colección de pases sueltos que le vimos al vallisoletano fue como para llenar varios canastos en las siete insulsas tandas ejecutadas (ejecutadas como a Ned Stark le cortaron la cabeza).  Todo de uno en uno, fuera las más veces, a media altura, aquello decía menos que un mudo en la ópera. ¡Qué pesadez… y que frío hacía a esas alturas! Seriamente reconvenido en más de una ocasión por el público, por fin se decidió a matarlo de un mete y saca tendido y una entera por arriba. Y nos fuimos a casa pensando en el gélido invierno que nos espera, si no surge un sol resplandeciente que ilumine el toreo de los años venideros. 

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