viernes, 28 de diciembre de 2012

Don Juan Contreras Murillo, creador de un encaste (I, Los inicios)


Días atrás, buscando datos sobre éste ganadero clásico, con motivo de su relación con Joselito el Gallo, me di cuenta de que no todo lo que figura en las relaciones de ganaderías o libros que han escrito sobre ganaderos, eran correctos con respecto al criador pacense. Vienen estas líneas, pues, a “desfacer entuertos” y a acercarnos a una figura que se halla, más que probablemente, en los primeros pasos del desarrollo del toro moderno que propició también, por una lado los cambios en la forma de torear y por otro la creación de un encaste con personalidad propia.

Don Juan Contreras Murillo
Vaya por delante mi admiración a André Viard por el magnífico trabajo que hizo en su revista “Tierras Taurinas” (Opus 13, marzo 2012), aunque –en su formato de revista- nos falten algunas referencias para justificar algún documento, algún aserto o alguna “puesta en escena” verdaderamente romántica. La mayor parte de los datos contenidos en ella son, sin embargo, absolutamente fiables, fidedignos.
Don Juan Contreras y Murillo, nacido en 1861, rico propietario afincado en Burguillos del Cerro, cuyo nombre aprovecharía Alfonso XIII para concederle el Vizcondado que le otorgó en 1921, no adquiere su vacada murubeña en 1907, como tanto se ha escrito, sino en diciembre de 1906, tal y como afirma la fuente documental más próxima al acontecimiento que hoy conocemos (José Becerra Álvarez y José Neira Otero, “El consultor taurino. 1910”; Sevilla, 1910). En este “Consultor”, a modo de Guía Taurina de la época, Becerra y Neira nos dicen que:
El entusiasta aficionado Sr. Contreras compró en Diciem­bre de 1906 á la señora viuda de Muruve, un respetable núme­ro de vacas y tres toros escogidos para simiente…”.
Es verdad, sin embargo, que aunque la compra debió efectuarse a finales de 1906, el pago quedó aplazado, como dice Viard, hasta –como máximo- el 31 de enero de 1907. El traslado del ganado, como defiende también sobre testimonios documentales, se realizó a mediados de enero de 1907: el 15 de enero se ponen las reses en camino hacia tierras pacenses (Viard, op. Cit., pág. 17-18) encabezadas por los sobrinos del ganadero Joaquín Murillo y José Durán. Al parecer, la viuda de Murube se hallaba en algún problema económico-financiero, lo que podría justificar la rápida venta de la porción de Ibarra que adquiriría su yerno –y encargado del ganado murubeño- Manuel Fernández Peña, al Conde de Santa Coloma año y pico antes de esta nueva enajenación de ganado, y que acabaría con la vacada en una década, al ser vendida al hermano del marqués de Urquijo, que la pondría a nombre de su esposa, Carmen de Federico.

El hierro y divisa de la ganadería en el libro de José Emilio Pinar, "Indicador de hierros y divisas" (1914)
Con ello “desfacemos” uno de los errores que parecen perpetuarse en diferentes medios. Pero es que, además, en unos meses adquiriría asimismo una porción del ganado de Collantes, que al parecer desechó y acabó por vender a don Rodrigo Solís:
“…con posterioridad adquirió también otra considerable punta de ga­nado también escogido á D Emilio Ruíz de Bustillo, de la di­suelta sociedad «Collantes y Bustillos», cedió ésta al ganadero extremeño D. Rodrigo de Solís para conservar y reproducir sin mezcla alguna la casta Muruve, por la que siente extremada predilección y á la que dedica especial cuidado.
Aunque es muy probable que no se realizaran cruces entre ambas porciones, quién sabe si no se quedaría con alguna vaca sobresaliente de este otro ganado, cuya procedencia –últimamente- era bastante parecida a la murubeña. Valentín Collantes, heredero de la vacada de su padre, había echado en 1896, 43 vacas de Murube y 22 de Núñez de Prado (de sus sucesores, lógicamente) con algunos becerros a las reses familiares que tenían origen Gallardo, por un lado, y de Sebastián Montero y Rafael Laffitte por otro. Así pues, en 1907, la vacada, aunque claramente mixta, tenía buenos porcentajes de sangre murubeña o de sus primos hermanos los de Núñez de Prado; no sería extraño, por tanto, que alguna vaca superior quedara en manos de Contreras para reforzar –o refrescar-  lo adquirido a la viuda de Murube.

Un descendiente contemporáneo: Pistolero, el mejor toro lidiado en Madrid en San Isidro 2012 (Foto: las-ventas.com)
Sea como fuere, y con o sin aporte extraño, es el ganado de Murube el que formará la base del encaste que acabará forjando el futuro Vizconde de Burguillos del Cerro. La ganadería de Murube atravesaba entonces, en manos de Manuel Fernández Peña –el yerno de doña Tomasa Escribano-, un momento dulce. Sus reses, aunque sin gran poder, eran mayoritariamente bravas en el caballo, y empezaban a brindar bastantes posibilidades a los de a pie, dando juego en los dos restantes tercios. Quizá el mayor “pero” que cabía poner a la ganadería, era su presentación, demasiado chica para el tipo de toro que entonces se corría en las principales plazas, algo que acabaría también condicionando a don Juan Contreras y Murillo. Los mentados Becerra y Neira –como también lo hacen los anuarios de Dulzuras- lo subrayan:
“…sabido es que, salvo rarísimas excep­ciones, estos bichos suelen dar inmejorable juego en un palmo de terreno, sin ese corretear de aquí para allá que obliga á los varilargueros á acosarlos obligándoles á que medio cumplan, como acontece con lamentable frecuencia á otros animalitos para vergüenza y deshonra de la fiesta nacional”.
Recordemos, como hacíamos días atrás, que un toro de la viuda de Murube, “Escarapelo”, ganaba el premio de la corrida concurso de San Sebastián en 1909, como hacen también los autores,
tal fue el juego que dio en franca y noble lid este precioso ejemplar, cuyo retrato al óleo estuvo expuesto al público en el escaparate de una importante casa de comercio de Sevilla”.

La página del Consuitor de Becerra y Neira, citado (1910)
Con esas bases don Juan Contreras seleccionó y mimó la ganadería para ver lidiar las primeras reses en 1910, aumentando algo el número de cabezas que la componían:
Bien sabe D. Juan de Contreras lo que se trae entre ma­nos, y de la acertada dirección de su vacada no hay que dudar, pues con una escrupulosidad á todas luces plausible, apura las notas de tientas y selecciona machos y hembras cual si toda su vida se hubiera dedicado á esta clase de faenas, y cuenta ya con tres camadas sucesivas que en número de 237 cabezas ha au­mentado á la base.”
Fíjense que los autores hablan de que ya tenía tres camadas en 1910, esto es, las nacidas en 1908, 9 y 10 (lo que prueba que probablemente comprara sólo becerras, eralas o utreras con o sin preñar, pero ningún macho, que hasta entonces no había lidiado).
Para comprobar el juego que darían en la plaza, Contreras hizo lidiar en mayo de 1909, y en Jerez de los Caballeros, dos de los tres sementales adquiridos a Murube, “Ratón”, “Aceituno” y “Manchonero”, nombres que, por cierto, hemos visto también en vacadas afines o derivadas de ésta, confirmando el buen comportamiento de aquellos. La lidia corrió a cargo de Manuel Mejías, Bienvenida. Y tal juego fue superior en ambos casos; dicen así Becerra y Neira:
Uno de ellos, motejado «Ratón», hizo una gran pelea con los montados, de los que recibió, sin salir de un mismo tercio de la plaza y contra querencia, diez buenas varas por ocho caídas y cinco caballos muertos, y demostrando hasta la última hora la bravura y nobleza de los de su casta, siendo ovacionado durante su arrastre, al que mató Bienvenida previa lucida faena. El señor Contreras conserva la cabeza de éste bicho como grato recuerdo á su memoria.
«Manchonero» se llamó el toro en cuestión: tomó de los mismos picadores que el anterior, 12 puyazos con verdadera codicia y siempre recargando, de tal modo, que el picador «Veneno», en la décima vara, le introdujo en las péndulas una tercia de palo, sin que esto le hiciera ceder en sus furiosas aco­metidas; después de seis costaladas y cuatro cabalgaduras fue­ra de combate, fue agraciado el señor Contreras con una ova­ción que aún repercute en sus oídos, y el toro recibió, como último homenaje, el que las mulillas lo arrastrara á los acordes de la música, no sin antes merecer el honor de que le sacaran algunas instantáneas”.
El tercero de los sementales fue vendido a Manuel Sánchez Tabernero, el famoso Marqués de Llen -título pontificio-, como semental:
Según los antecedentes que tenemos á la vista y que nos merecen entero crédito, D. Juan de Contreras vendió uno de sus primitivos sementales al Sr. Marqués de Llén en 6.000 pesetas”.

Un Ibán, con algunos hermanos de camada, de hace un par de décadas en el Batán Foto RCB)
Téngase en cuenta que según norma ganadera de aquellos tiempos, un buen semental costaba lo que valía una corrida completa, que es –aproximadamente- lo que cobró Contreras por aquél. Sin duda hubo de tratarse del restante, “Aceituno” de nombre. A modo de ejemplo, por aquellos mismos años, los tres sementales de Santa Coloma que sirvieron para poner en marcha la vacada de José Vega, en El Escorial (origen del encaste Vega-Villar) costaron 18.000 pesetas, lo mismo por cabeza que éste del que hablamos (“Palmas y Pitos”, Año II, núm. 84). Pero no fue sólo el procreador, sino que también adquiriría un lote de vacas, según llega a declarar el propio marqués en una entrevista con José Sánchez Gómez El Timbalero (“Los toros de mi tierra. Siluetas de ganaderos e historiales de las ganaderías salmantinas”; Salamanca, Imp. y Lib. De Francisco Núñez Izquierdo, 1913) que juntaría a las vacas de Veragua que ya poseía, con lo que se trataría de la primera venta de la ganadería, antes que la realizada en 1911 a Carlos Sánchez y Sánchez.
Con tales mimbres, como suele decirse, y a base de paciencia y selección, fue Contreras forjando la que sería una de las vacadas fundamentales de la edad áurea del toreo. No llegamos a saber si lidió ya algunas reses en novilladas menores en 1910, pero sí que nos aparece su nombre en 1911, en el anuario de “Toros y Toreros” que entonces redactaba el crítico de ABC Manuel Serrano y García Vao Dulzuras:
Don Juan Contreras estrenó la ganadería el 14 de Mayo en Badajoz, con toros flojos, y después dio seis en Almendralejo, el 16 de Agosto, y cuatro en Barcarrota, el 8 de Septiembre. También en Badajoz, el 8 de Septiembre, lidiaron novillejos los niños de Córdoba” (pág. 312).
Parco y no muy favorable juicio el de Dulzuras, que destaca la flojedad del ganado lidiado en la presentación y la poca presencia de los novillos pacenses de septiembre, algo que –lamentablemente- habría de acompañar a la vacada en los siguientes años. Además, tampoco hubo diestros de postín en aquellas tardes, pues ni Mazzantinito, ni Ostioncito, ni Angelete ni Alfarero lo eran. Son tiempos aun de prueba.

El famoso Bastonito, lidiado por César Rincón... un ejemplo de bravura moderna
La revista “Arte Taurino” (Año I, núm. 8) nos deja de su debut un panorama algo más alentador:
Los bichos de D. Juan Contreras, que en esta corrida ha debutado como ganadero, fueron pequeños, bravos y nobles, llegando el quinto a superior”.
Por cierto que, en el festejo del 8 de septiembre de ese año, encuentra la ganadería su “bautismo de sangre”, pues uno de los novillos –el sexto, “negro, zaíno y bien criado”- originó la muerte a Antonio García el Zurdo. El diestro cordobés fue topado en banderillas, sin herida al parecer, pero con fractura del esternón y conmoción visceral, falleciendo a la mañana siguiente de una crisis convulsiva. Dos aspectos merecen destacarse en la crónica de ese día, según “Arte Taurino”, que los bichos fueron “grandes, mansos y difíciles para unos muchachos como los que componen la cuadrilla citada” y que –cuestión que ponemos en muy seria duda- los novillos que fueron sin picar, eran “procedentes de un cruce con toros de Benjumea”. ¿Pudo quizá Contreras utilizar uno o más sementales de tal origen para dar más caja a las reses murubeñas? Quédenos la duda, aunque remota.
Ese mismo año de 1911 –reproduce un documento muy interesante al respecto André Viard (op.cit., pág. 24), aunque muy diferentes fuentes atestiguan también la transacción- vendería ya algunas cabezas –machos y hembras- a Carlos Sánchez y Sánchez, de Terrones (Salamanca), al que iría a parar la mitad de su vacada con el tiempo… Pero no adelantemos acontecimientos. Entre las cabezas vendidas a Carlos Sánchez iría un eral o utrero, “Naranjito” un bicho precioso, así como varios “becerros” que dieron un juego extraordinario:
Ayer hice la tienta de machos y no tiene Vd. perdón de Dios en no haberse quedado a presenciarla pues seguramente hubiese Vd. gozado muchísimo con lo que aquí vimos. Tenía apuntados seis becerros de la mejor raza para apurarlos…
Al primero se le dieron veinticuatro puyazos recargando en todos con furia y quedándose en el caballo hasta hacerle el quite. El segundo que salió frío tomó 42 puyazos contra querencia, los tres últimos con la puerta de la plaza abierta, en todos recargó y se recreció de modo admirable. Tan ciego se puso en la pelea que ya en el campo volvió hasta tres veces a la puerta de la plaza, dejando el ganado y los bueyes, buscando más pelea. Un fenómeno” (Viard, op.cit., pág. 25)
En 1912 se presentará la vacada en Madrid, primero en novillada, el 25 de julio –lo que le da la antigüedad-, y más adelante en otra novillada el 15 de agosto y en corrida de toros el 29 de septiembre. En el cartel del primero de los festejos figuraron Celita, Eusebio Fuentes y Larita. El ganado de esta tarde, según Víctor Pérez López (“Anales de la Plaza de Toros Madrid”; Madrid, UBT, 2006), tuvo “aceptable presencia. En varas, el primero y quinto fueron voluntarios, manso y fogueado el cuarto, cumplieron los restantes. En el último tercio fueron nobles y buenos el primero y quinto, sin dificultades los restantes”. El primer novillo, “Flor de Jara”, es aplaudido en el arrastre y Celita da una vuelta al ruedo. “Sol y Sombra”, a través de su crítico El Tío Campanita, dirá de esta primera novillada madrileña:
Los toros del señor Contreras que se lidiaron por primera vez gustaron a los espectadores; muy bien criados, finos y de bonita estampa; en la pelea, para ser de desecho, cumplieron bien, resultando un toro muy bueno en todos los conceptos el que rompió plaza, porque además de bravo y voluntario, se recreció al castigo [se refiere a su pelea en varas] y fue hasta lo último más noble que un borrego. Encontré oportunas las palmas que tocó el público cuando lo arrastraron, y opino que esta nueva ganadería ha de ser muy simpática a todos los toreros, porque hay casta y exceso de nobleza”.
La novillada del 15 de agosto (novillada y no corrida, y el 15 de agosto, no del 5, como se ha escrito), con Vázquez, Torquito y Paco Madrid en el cartel, tampoco defraudó a los aficionados; se lidiaron seis toros terciados y cortos de cuerna, pero en varas tuvieron voluntad los cinco primeros y fue bravo con los del castoreño el último. Y, en la línea que ha de marcar a la ganadería, en el último tercio tuvieron, en general, buenas condiciones o pocas dificultades en la lidia.
Sus hermanos mayores, los toros de septiembre, fueron lidiados por Francisco Martín Vázquez; Isidoro Martí, Flores; y Alfonso Cela, Celita. “Los toros estuvieron bien presentados y sin exageraciones. En varas (28-16-10) fueron bravos y de poder el segundo (5-5-3) y cuarto (5-3-3), siendo aplaudidos en el arrastre; flojo el sexto y cum­plieron los restantes. En general, mantuvieron sus buenas condiciones en los restantes tercios.”
Fíjense que Víctor Pérez López apunta, siguiendo varias crónicas de ese año, que los toros fueron buenos en el último tercio, al margen de su mayor o menor bravura en los caballos. Dulzuras, diría de ellos, en el correspondiente anuario que “salieron los toros superiores”… algo iba cambiando en el toreo ya a esas alturas.
El mismo crítico, Dulzuras, nos comenta que:
Es esta ganadería procedente de la de Murube, formada con machos y hembras de la célebre vacada y puede ser una de las mejores. El resultado de este año ha sido excelente”.
Al margen de los corridos en Madrid, se lidiaron en Barcelona y en Trujillo, y junto a los novillos madrileños citados los hubo también en Barcelona.
Por cierto, que el día de su presentación en corrida de toros en Madrid, el 29 de septiembre se lidiaría un bicho notable, “Golondrino” de nombre, negro bragado y bien puesto de pitones, estoqueado con poca fortuna por Flores, que fue bravo y de poder en varas (tomó 5 varas por otros tantos derribos y tres caballos para el arrastre), y se mantuvo con buenas condiciones en los restantes tercios, siendo ovacionado en el arrastre. Otro más, “de buenas condiciones” le apuntamos el 15 de agosto, “Baratero”, negro bragado y apretado de cuerna, que en varas fue bravo y de poder, tomando cinco varas por cinco derribos y luego siguió noble, pastueño y bueno en los restantes tercios; lo estoqueó Paco Madrid, todavía novillero en esas fechas. 

miércoles, 26 de diciembre de 2012

Tentadero a campo abierto

Tal es el título de un reportaje que Carlos Luis Olmedo realizara en 1907, y en la revista "La Fiesta Nacional", en la ganadería del Conde de Santa Coloma.
El reportaje es interesante, porque en él nos salen varios nombres muy conocidos que explican parte de la historia y relaciones de los ganaderos de aquellos años. Junto al Conde de Santa Coloma encontramos al marqués de Saltillo -que le había vendido sementales y alguna vaca al conde para que los mezclara con lo ibarreño desde el principio-, también a Manuel Fernández peña, yerno de Tomasa escribano, viuda de Murube, responsable de que esa mitad de Ibarra fuera a parar a manos de don Enrique Fernández de Queralt y Maiquieira -nuestro conde-, asimismo a Fernando Parladé -en traje de calle siempre, a pie, y habitualmente con pocas ganas de subirse a un caballo para realizar faenas camperas, pero dispuesto a ver cómo salían las primeras reses del cruce de lo de Ibarra con Saltillo (no por nada él había adquirido esa otra mitad de la vacada de Ibarra en 1904)-, a su hermano Enrique Parladé -afamado caballista y hermano a su vez, como el anterior del Conde de Aguiar, que había tenido ganadería de bravo a su vez-, a Juan y Ángel Muruve -así con v se escribía entonces, ambos de la familia que conservaría el núcleo de lo de Arias de Saavedra y de la que partiría antaño la vacada de Ibarra o la de Núñez de Prado, por ejemplo-, Eduardo Miura -huelgan comentarios- y otros amigos.


A todos les interesaba ver cómo salía el cruce, cómo se comportaban estos machitos de dos años muy probablemente procedentes ya de la mezcla -si se habían echado los sementales de Saltillo en el mismo 1905, en primavera- o los últimos de la pura casta ibarreña si sus hermanos mestizos aun anduvieran por el año. Y puestos a ello, nada mejor que disfrutar de un día de campo, con unas faenas de acoso y derribo por medio, algo de lo que presumían varios de los presentes como expertos.


Como caso curioso para los días que corren, esa porción de erales -35- dejó tendidos hasta seis caballos muertos, fruto del coraje y acometividad que demostraron ante el tentador, y fueron numerosas las caídas que produjeron. Los toros del Conde apretaban de lo lindo, hasta el punto de que más de una vez, desbarataron el rodeo, e incluso apuraron a los que, desde la lejanía del rodeo, contemplaban la escena, tirando cornadas y derrotes.
Les dejo, pues, con el relato de Olmedo, que fue también el responsable del reportaje gráfico -con la calidad de entonces, lamentablemente-, para que disfruten de una tienta en casa de Santa Coloma.



"Eran las seis de la mañana, cuando la indecisa luz del crepúsculo matutino, dibujaba trabajosa­mente, sobre la tersa corriente del Guadalquivir, la silueta del vapor Bajo de Guía, que soltando sus amarras se deslizó suavemente r(o arri­ba, llevando a su bordo a los invita­dos por el aristócra­ta ganadero, Conde de Santa Coloma, para asistir al tentadero de sus becerros: treinta y seis animalitos con tres años, muy buenos mozos y muy bien hechos. Al salir el buque del puerto, caminó a un andar de once millas, dejándonos en el desembarcadero del Bajo de la Bola, a ocho leguas de Sevilla, a los siete cuartos de hora de la salida. Cuando saltamos á tierra, ya esperaban á la orilla, los caballos que habían de conducirnos al Reboso, lugar destinado para la faena y los conocedores, ayudas, cabestreros y garrochistas de los ganaderos Conde de Santa Coloma, Marqués del Saltillo, Miura (don Eduardo) y Parladé (D. Fernando).


Figuraban también en la expedición, el marqués de Tablantes, D. Enrique Parladé, D. José Agüera (diplo­mático); D. Juan y don Ángel Muruve, don Manuel Fernández Peña, D. Camilo Riu poli, D. Carlos Sánchez Pineda, el marqués del Saltillo, D. Fernando Parladé y D. Ramón Ramos y Gómez.
Al lado allá de la choza de Alonso, el guarda del Reboso, habíase colocado el rodeo, los cabestros con los novillos para la tienta y como á dos kiló­metros, por la parte del Este, el lugar donde se colocaron garrochistas é invitados para amparar al tentador.
El Reboso es una inmensidad de terreno llano, situado en la Isla Menor, muy á propósito para hacer la faena de tienta á campo abierto.


Esta dio comienzo tan pronto como llegaron los expedicionarios, entrando dos caballistas con sus garrochas por en medio de los bueyes y apartando habilidosamente una de las reses del resto de ganado, corrieron tras ella acosándola, hasta derri­barla de un certero garrochazo en los cuartos traseros.
Entonces el animalito se levantó furioso, emplazándose, escarbó la tierra con coraje y se arrancó decidido hacia uno de los que le acosaron; el ca­ballista salvó la acometida cuarteando con el caballo.
Entonces se adelantó Manoliyo Díaz, el tentador haciéndose presente con el bicho; éste partió nue­vamente, recargando con coraje, mientras aquel le daba un fenomenal puyazo, y al fin cayeron ji­nete y caballo a tierra, muriendo el penco de una tremenda cornada en el pecho.
Otro caballo sustituyó al muerto y se repitieron las acometidas, hasta quedar triunfante Religioso, que fue sin duda, el animalito que mejor pelea hizo de todos los tentados.


Lo mismo ocurrió con los treinta y cinco bece­rros restantes, muriendo seis caballos más, viéndose las faenas salpicadas de sustos y peripecias para los muchos que andábamos a caballo y para los pocos que se atrevieron a llegar a pie hasta el rodeo. Más de una vez la voz de, a tierra, a tierra, dada por los conocedores, obligaba a los curiosos que malamente se resguardaban con el hato, que cerca del rodeo había colocado la gente, a tirarse al suelo, en tanto que por encima de ellos pasaba uno de los becerros desmandado, tirando cornadas á diestro y siniestro, pero afortunadamente no hubo que lamentar ningún desaguisado.
En la faena, que terminó a las cinco de la tarde, se distinguieron mucho, los señores Parladé (don Enrique), Ramos y Gómez, Riupoli, Fernández Peña, Muruve y los conocedores y ayudas.
Y en tanto el sol hundía sus caliginosos rayos, allá en la tersa superficie del Guadalquivir y nosotros regresábamos a bordo del Bajo de Guía, la noche avanzaba envolviendo en los interminables pliegues de su negro manto las inmensas llanuras de la Isla y una bandada de enormes buitres caía sobre los caballos muertos en la refriega, entregán­dose a desordenado festín."

jueves, 20 de diciembre de 2012

El cruce con Saltillo en el origen de Santa Coloma

Mucho se ha hablado sobre el cruce de los antiguos ibarreños con los saltillos en manos del Conde de Santa Coloma. Demasiado quizá. Pero queremos traer a colación varios textos coetáneos para defender -como lo hicimos en su momento (“Nuevos datos en torno a Santa Coloma”;  Madrid, Universidad San Pablo CEU, 2003)- que la cruza se produjo desde el primer momento, desprendiéndose el Conde de los sementales apenas unos años después, ya verificada la cruza.

El famoso Bravío, lidiado en Madrid en 1919, el paradigma de la bravura en aquellos momentos
El Sr. Conde de Santa Coloma compró, en 1905, la vacada procedente de Ibarra -de origen Murube, y por lo tanto uno de los troncos más puros procedentes de la vacada que formara el Conde de Vistahermosa (no nos remontaremos más atrás)- a través de don Manuel Fernández Peña (que era yerno de la susodicha señora, llevaba la ganadería familiar y que probablemente escogió elementos de refresco para la suya propia). La tuvo en su poder hasta 1932, en que se desprende de ella, adquiriéndola don Joaquín Buendía Peña. Desde el principio, como decimos, la mezcló con otro encaste procedente de Vistahermosa (aunque podríamos hablar largo y tendido sobre el particular y matizar bastante sobre ello), el de Saltillo -los antiguos lesaqueños-, formando un ganado con un tipo especial muy particular y característico. Mantuvo la misma durante el aquilatado período de 27 años, suficientes para dotarla de una personalidad y sello propios e indiscutibles.
Apenas tres años después de adquirida la vacada, en 1908, nos refiere Manuel Serrano y García Vao (Dulzuras, crítico de ABC), en su anuario de "Toros y Toreros en 1908", los siguientes elogios sobre el Conde:
            “Lo mismo que del anterior puede decirse del conde de Santa Coloma, otro joven ganadero con mucha afición, que lleva una envidiable, marcha con la otra parte de la vacada de Ibarra. Aun mejorará con el tiempo, pues ha añadido a la buenísima casta de sus toros una cantidad considerable de becerros y becerras de Saltillo que harán inmejorable cruza.
            Escoge cuidadosamente y separa lo malo, por lo que al anunciar una corrida suya lleva el público el convencimiento de que si sale algún toro de malas condiciones, será a causa de una improbable equivocación; pero no porque, como otros de gran fama, aproveche bueno y malo sin más objeto que el lucro.(...)".


En este programa de San Sebastián de 1908, todavía lucen sus toros el hierro de Ibarra
Fíjense que ya, desde este primer momento, apenas tres años en su poder, el Conde ha mezclado la ganadería comprada a Manuel Fernández Peña con reses procedentes de Saltillo. No hay que esperar, por tanto, para que viera el juego sucesivo y se desengañara, como nos han contado algunos escritores, sino que en su origen el Conde ya tenía previsto, y así lo realiza, el cruce con las más picantes reses de Saltillo. 
La presentación en Madrid, ese año de 1908, resulta francamente buena, especialmente en presencia. Se encargaron de estoquearla los diestros Lagartijo Chico, Machaquito y Gallito (Rafael). De ella se escribieron en “La Fiesta Nacional” de Barcelona las siguientes palabras:
            "El Ganado. Seis buenos mozos, bien criados, finos y de lámina irreprochable. En lo respective a bravura, cumplieron, sin hacer cosas del otro jueves y en general hicieron peleas muy aceptables, por lo que la corrida, con referencia a los toros, pudo calificarse de buena... sin circunstancias modificativas de la penalidad. Apunto 32 varas, 12 porrazos y 6 jacos para las mulas. Por lo dicho comprenderá el curioso que de poder no anduvieron muy sobrados los de Santa Coloma”.

Imagen de los toros para la corrida concurso de 1909 en San Sebastián (Los Toros y el Teatro). El quinto y penúltimo, es de Santa Coloma, pero fíjense en el berrendo de Pablo Romero y el tipo de los demás.
Sin perder el hilo, apunten lo que la revista “Los Toros y el Teatro”, publicada en Madrid por Prensa Española, nos dice sobre la corrida concurso que tuvo lugar en San Sebastián el 16 de septiembre de 1909, en la que se lidiaron reses de Miura, Murube, Pablo Romero, Moreno Santamaría, Santa Coloma y Guadalest por los diestros Vicente Pastor y Regaterín:
            “El de Santa Coloma, que llevaba el hierro de Saltillo, por ser de los comprados a este ganadero, tuvo buen tipo; pero no hizo nada digno de mención, sino que volvió la cara alguna vez. En los tercios finales se dejó torear.” El premio fue para el de Murube, que era el que más apuestas tenía, seguido del de Santa Coloma".
Es decir, que cuatro años después de comprada la vacada, y habiendo echado las reses de Saltillo a las vacas ibarreñas (ya veremos que hubo compra de machos y hembras del ganadero de Carmona), se deshace de alguno de los sementales con el hierro del círculo cruzado por dos líneas en -ni más, ni menos- que la importantísima corrida concurso de San Sebastián. El toro fue bueno, quizá el más completo en los tres tercios, aunque el premio a la bravura se la llevó el de Murube, quedando bien colocado también el de Miura, que no obstante se resintió bastante en el último trance de la lidia, quedando a la defensiva.
Siguió por esta buena línea toda la temporada de 1909, desprendiéndose de algunos toros más de Saltillo que había comprado como becerros y que dan un juego irregular. Así se lo censura el crítico de ABC, Dulzuras, diciendo que:
           “Este joven y entusiasta ganadero está dando ahora a las plazas muchos de los toros que para sementales de su ganadería compró a Saltillo, y rara es la corrida en la que no salen mezclados con los oriundos de Ibarra. Por esto o por el afán de deshacerse de todo, salen las corridas de Santa Coloma desiguales, y hay que esperar a que de lo exclusivamente suyo para juzgar sobre lo que puede esperarse de él como ganadero y ver si tiene la afición que precisa el que tiene más afán por complacer al público que por otra cosa.”
La cosa, por tanto, queda manifiestamente clara. Los bichos, adquiridos como becerros, han padreado ya, han cumplido con las vacas, y ahora se les da salida a la plaza, quizá poirque en el ánimo del Conde está que la ganadería quede con un tipo homogéneo, medido, y donde no sobresalga lo de Saltillo por encima de lo de Ibarra. Eso sí, conservará la costumbre de señalar -arriba o abajo- las reses más ibarreñas o más asaltilladas, al menos hasta 1931, última referencia que tenemos de ello en el correspondiente anuario.


Reportaje sobre la ganadería del Conde de Santa Coloma en "Los Toros y el Teatro"

Un interesante reportaje aparecerá en la revista de Prensa Española sobre la vacada condal. De él recogemos los siguientes párrafos:
            “Ganadería de Santa Coloma. Es el Conde de Santa Coloma un excelente aficionado que desde 1905 forma en el gremio de ganaderos y parece que aspira a ser de los de primera fila si atendemos a los elementos con que ha formado su ganadería. (...)
            En 1904 se deshizo de la ganadería el señor Ibarra y compraron las dos mitades D. Fernando Parladé y D. Manuel Fernández Peña, y éste último, al año siguiente, vendió la suya al conde de Santa Coloma.
            Ya esta base era suficiente para formar una buena ganadería; pero no se conformó el conde, quien sin duda quiere hacer una vacada grande y superior, y compró al marqués de Saltillo becerros y becerras en gran cantidad para cruzarlos con sus vacas y toros (...)".
Como puede volver a comprobarse, la mezcla se realiza desde el principio y no sólo fueron posibles sementales, sino también becerras las que se incorporaron a la vacada de Santa Coloma. Seguirá diciendo la misma revista:
            "No conserva el conde la divisa ni el hierro de Ibarra; las cintas que lucen ahora sus toros llevan los colores azul y encarnado y a su nombre se corrieron por vez primera en Madrid el 17 de Mayo de 1908.
           "Algunas de las corridas que van jugadas a nombre del nuevo ganadero han salido muy buenas y su presentación fue excelente, pues parece que tiene el propósito de velar por su prestigio y llegar pronto a entrar en el concierto de los buenos.
          "En Madrid sólo se han lidiado dos corridas y media y la primera fue la mejor presentada. Por lo que respecta a la bravura, han salido cuatro o cinco reses superiores (...)".
Y una curiosidad con respecto a las capas que lucían estos primitivos santa-colomas en aquellos primeros años, que hemos podido corroborar con buen número de ellos en aquellos años: 
            "El pelo general en sus toros es el negro, como fue siempre el de los Muruves e Ibarras, y muy rara vez sale alguno castaño encendido; por cierto que suelen ser muy bravos los de tal capa.
            "En cuanto a condiciones de lidia, son el ideal de los toreros pues, por regla general, son boyantes y claros hasta la exageración".
Pero ojo, en opinión crítica para la época, el firmante del artículo dirá:
            "Permiten toda clase de abusos en los toreros de a pie, y estos pueden impunemente hartarse de torear en toda clase de terrenos en la seguridad de que es un caso raro el que los toros de esta casta se aburran y busquen defensa al amparo de las tablas.
Su pelea con los picadores es casi siempre franca y podrán ser más o menos duros, pero pocas veces se hacen merecedores del fuego.
            "Ha de pensar el ganadero en no dormir sobre los laureles de sus antecesores, pues un cambio de pastos y dos años de abandono pueden dar al traste con todas las esperanzas por risueñas que sean.
            "La primera corrida que dio en Madrid el año pasado (1908) fue la de mejor tipo que se ha visto suya y hubo ejemplares bravísimos cuya casta debe cuidar y preferir a otras familias dentro de la vacada.

Una corrida para Santander en 1908
El buen camino iniciado ya le sitúa, prácticamente, en lo más alto del escalafón ganadero, haciéndose imprescindible en cuantas ferias de importancia se celebran en nuestro país. 1911 marca una serie de hitos y éxitos. Y precisamente, traemos a colación, una prueba inequívoca de la facilidad que brindan las reses de Santa Coloma para los lidiadores a pie, si las comparamos con tantas otras ganaderías de la época. Se trata de la corrida de Madrid, primera de abono, del día 17 de abril de 1911, espantosamente lidiada, que a juicio de Don Pío, en “Arte Taurino” merece los siguientes comentarios:
            “Correspondiendo a la expectación despertada, el Señor Conde de Santa Coloma envió seis toros hermosamente presentados, finos, bien criados y con tipo. No faltó su lunarcillo, y éste fue la fealdad de cabeza de alguno de los bichos. Fuera de esto... de primera también. Amorrillados, con la edad, y casi todos arregladitos de parietales. Llevamos dos corridas y en las dos han demostrado los ganaderos conciencia y respeto al público. Agradezcámoslo y señalémoslo a la consideración de los aficionados y de los demás ganaderos. A la plaza de Madrid hay que venir así, o no venir,... O no dejarlos entrar. ¡Bravo! Sobresaliente, ¿qué sobresaliente? Premio extraordinario y matrícula de honor por la presentación. ¿Y por el comportamiento, qué nota le adjudicamos? Puesw, por su comportamiento... Verán ustedes. Ellos parece como que salieron de toros, pero se les pusieron delante los toreros... y, vamos contando. Al primer toro le infligieron estos verdugos ciento veintitrés capotazos. Ciento veintitrés... pero no os asustéis todavía. El segundo se llevó ochenta. El tercero ciento once. Al cuarto le atizaron ochenta y cinco. En el quinto se contentaron con sesenta y seis. ¡Parquedad inaudita! Pero en cambio en el sexto... contra el sexto pecaron todos, infiriéndole la enormidad de ciento cuarenta y un capotazos. ¡Ciento cuarenta y un capotazos! Para un toro solo y entre tantos... Yo recuerdo que hace cosa de quince o diez y seis años un revistero, no estoy seguro de si ese hombre venerable que se llama el Tío Campanita, que hace cien años que va para viejo y nunca acaba de llegar, o Pascual Millán, se indignaron un día y estuvieron escribiendo sobre ello tres años, porque a un toro le tiraron 74 capotazos... Indudablemente hemos progresado. En esta corrida de toros nobles, los toreros han largado la friolera de 606 mantazos. Les doy a ustedes permiso para hacer cuantos chistes quieran a costa del numerito terapéutico, con tal de que se vayan enterando y se dispongan a no consentir la continuación de semejante abuso. Así no podemos saber si por eso o por lo otro del desorden con que se llevó la lidia o por ambas juntas y otras del natural de los toros, éstos, que en conjunto merecen el calificativo de buenos, hicieron una pelea sosota. Tal vez contribuyese a ello el exceso en la alimentación. Los que saben de estas cosas dicen que son perjudiciales muchas habas -Ya lo sabíamos acá, dirán los que no pueden llegar al entrecot- porque las demasiadas carnes ahogan a los toros. Quizá el aplanamiento del primero en el último trámite fuese debido a un estado congestivo. Aquel hocico estirado, y la respiración fatigosa, en un día que no ha sido caluroso, y sin que tampoco la faena del bicho justificara tal situación, parecen indicar que el exceso de grasa puso al toro en ese estado patológico.”

Joselito jugando con uno de Santa Coloma en el segundo tercio
Buena prueba, por tanto, de que la condición de los toros permitían tales excesos. No criticaremos desde aquí la buena presencia -quizá excesivamente gruesa- de las reses, pero es evidente que el Conde, realizada con éxito la cruza, consiguió ser uno de los ganaderos no sólo punteros en cuanto a casta, sino que permitieron el desarrollo del toreo moderno, brindando animales que aguantaban mejor en todos los tercios, duraban más, y unían a su bravura en los caballos la acometividad y nobleza requeridas en la muleta para que el arte pudiera avanzar -como lo hizo- en aquella década prodigiosa. 

domingo, 16 de diciembre de 2012

Lo que se lidiará en la México esta tarde... y otras

La plaza Monumental de México acogerá este domingo el noveno festejo de la temporada grande. Un encierro de Villa Carmela será lidiado por la terna que compondrán los mexicanos Federico Pizarro y Joselito Adame y el español Juan José Padilla. 


La corrida, como puede verse en las fotos que acompañan, con notables desigualdades, está algo mejor presentada que días anteriores, pero, por ejemplo, esos 110, 124 y 143 presentan un trapío muy limitado, indigno de plaza de tal categoría. Quizá en la escasa exigencia de los diestros -apenas podrían obligar a la empresa- esté el distinto criterio en la elección de ganadería y toros. En cualquier caso, mucho nos tememos que este asunto sea ya causa perdida. 

El 110

El 112

El 122

El 124

El 132

El 137

El 143
Días atrás, con la presencia de las llamadas figuras en los carteles de la primera plaza de la república, el ganado era mayoritariamente indigno (casos de Ponce, Manzanares, Castella, o el Juli), flojo y mal presentado en general. Les recomiendo que lean, por ejemplo, alguna de las crónicas de "Opinión y toros" sobre el particular, como la que analiza una de las últimas corridas celebradas con Manzanares en el cartel (http://www.opinionytoros.com/opinionytoros.php?Id=4708&Colab=21) que lleva la firma y el acertadísimo comentario de Jaime Oaxaca.

Manzanares en México (Foto: opinionytoros.com)
Peor aun será si se fijan en lo que se corre en otras plazas como "toros de lidia". Fíjense, muy encarecidamente se lo recomiendo, en los enormes torazos que se lidiaron -no en becerrada, ni en novillada con o sin los del castoreño- sino en formal corrida de toros con matadores de alternativa en la plaza de Tenancingo-México (http://www.opinionytoros.com/noticias.php?Id=39942). Y todo ello, además, con la anuencia, silencio general y sumisión de los aficionados o público en general ante tamaños desmanes. ¿Alguien cree que así se defiende el arte, la fiesta, o simplemente se ofrecen nuevos estigmas para que los antitaurinos se ceben en la tortura animal? La imagen de desvalimiento del becerrote ensabanado mostrado, con sus lamentables cuartos traseros sucios del cárdeno albero (nada bueno nos tememos), es por sí suficientemente significativa.

Una de los tremendos toros lidiados en Tenancingo
Vean la crónica del festejo y sus comentarios en "Opinión y toros". Esos son los toros -quizá no siempre tan exagerados- que lidian nuestras figuras en tantas plazas mexicanas, con los que la prensa especializada se complace y con los que canta los triunfos como auténticas proezas, hazañas singulares. Ya va siendo hora de que pongamos en su justo término tanta becerrada y en su mismo justo y ponderado valor todos estos triunfos que nos cuentan aquellos mismos medios que viven de la publicidad de los propios lidiadores con la complacencia general.

sábado, 15 de diciembre de 2012

Novedades en torno al principio y fin de Francisco Montes, Paquiro (III)


La fatal cogida y el desenlace vital
No habremos de extendernos en el relato de la corrida (ya lo hemos hecho en ocasiones precedentes), pero sí dejar anotado que el percance le hizo perder varios contratos que ya tenía asimismo firmados para diversas plazas de la geografía nacional (A.H.P.M., Legajo 25.111 fol. 55-57; 58-60; 119-122), buena prueba de que había planificado la temporada como en sus mejores años. Tales contratos, como éste de La Coruña, han permanecido hasta ahora inéditos. Como no se trata de abrumar al paciente lector con infinidad de nuevos datos, que al fin y a la postre no modifican la biografía del célebre torero, sí al menos los resumiremos casi telegráficamente:

1.- Contrato para torear en Zaragoza. Firmado el 1 de mayo de 1850. Fechas de los festejos: 13 y 14 de octubre de 1850. Cuatro toros de prueba por la mañana y 8 por la tarde. Emolumentos: 38.000 reales y los gastos, por él mismo, un segundo espada, tres picadores y un sobresaliente, 6 banderilleros y un puntillero.


2.- Contrato para torear en Almagro. Firmado el 2 de mayo de 1850. Fechas de los festejos: 24 y 25 de agosto de 1850. Seis toros en cada día. Emolumentos: 32.000 reales más los gastos, por él mismo, un segundo espada, cuatro picadores y un reserva, 6 banderilleros y un puntillero. El contratista era Miguel Lillo, que fue contratista de caballos en Madrid.

3.- Contrato para torear en Alicante. Firmado el 13 de junio de 1850. Fechas de los festejos: 10 y 11 de agosto de 1850. Siete toros en cada tarde. Emolumentos: 42.000 reales, por él mismo, dos segundos espadas, cuatro picadores, 6 banderilleros y un puntillero.

La cogida de Montes siempre nos ha dejado con la duda de si fue, o no, la responsable de su muerte, varios meses después, en su Chiclana natal, el 4 de abril de 1851. La partida de defunción, que publicábamos hace años (“Algunas fechas para la pequeña y gran historia taurina”, en “Papeles de Toros 2. Sus libros. Su historia”, Madrid, Unión de Bibliófilos Taurinos, 1992; pág. 132), sólo nos aclaraba que Francisco de Paula Montes, propietario, “murió ayer de una calentura maligna, de edad de cuarenta y seis años y tres meses, Marido de Dª. Ramona de Alva, naturales y vecinos de esta  Villa, donde casaron” (Partida de defunción, Iglesia Parroquial de San Juan Bautista, Libro 19, folio 29). Ocho meses y medio nos parecía demasiado intervalo de tiempo como para poder asegurar que el percance madrileño fuera el directo responsable del deceso del diestro chiclanero. Pero un nuevo documento, publicado en revista médica de ese mismo año, ha venido a arrojar nueva e interesante luz sobre el particular.

Retrato de Montes y su esposa, Dª. Ramona de Alba
Se trata de un largo artículo –que habremos de reproducir- insertado en el Boletín de Medicina, Cirugía y Farmacia de noviembre de 1850 (Boletín de Medicina, Cirugía y Farmacia. Periódico Oficial de la Sociedad Médica General de Socorros Mutuos, Tercera Serie, 3 de Noviembre de 1850, Número 253, págs. 349-350). La cornada de Rumbón, pese a la apariencia de poco peligro por el lugar donde se produjo, estuvo a punto de costarle la vida a Montes en los días siguientes a ese fatídico 21 de julio. El doctor don Manuel de Andrés y Soria, cirujano encargado de su curación en la plaza y fuera de ella, así nos lo hace saber en ese largo escrito en que describe la evolución de la herida:

El 21 de julio del corriente año, á las cinco y media de la tarde, sufrió una cogida en la plaza de toros de Madrid el célebre Espa­da Francisco Montes, habiéndole causado el cuerno del toro, despitonado y con la punta astillada, una herida irregular, contu­sa y dislacerada en la parte interna de la pierna izquierda, su extensión desde la parte superior del tercio inferior basta el límite de la región de la rodilla, y su latitud más de tres pulgadas, por lo que se habían retraído los tejidos. Las partes interesadas eran tegumentos, aponeurosis, gemelo interno y parte del soleo. Pre­sentaba además el herido una rozadura en la mejilla derecha, y una leve contusión en la cabeza sobre el parietal. Se le curó en la enfermería de la plaza, dándole dos puntos de sutura entrecortada, aplicándole después las tiras de aglutinante y el apósito cor­respondiente; y al sitio de las contusiones unos paños de agua vegeto-mineral. Descansó un rato y fue trasladado en una camilla á su casa.
A las ocho de la noche le visité en ella. Sentía entonces, además de las lesiones expuestas, dolores en la nuca, región lumbar y muslos; efecto de la caída que sufrió, por haberle recogido el to­ro. Reconocido el apósito, advertí que una pulgada más arriba del maléolo internó había una cisura por la que fluía sangre, co­mo si se hubiese desprendido una sanguijuela y hubiera interna­do algún vasillo capilar. Aunque distaba dos pulgadas de la herida me hizo sospechar, si tendría comunicación con ella; por lo que traté de explorar la parte, mediante el estilete espiral, y la sos­pecha se convirtió en realidad, pues aunque no levanté el apósito para cerciorarme, el estilete se introdujo más que el trayecto de una á otra parte, con facilidad y siguiendo la misma dirección: apliqué más hilas y compresa sosteniéndolo con una venda. Hice entonces presente á los señores D. Juan Laplaza y D. Ale­jandro Latorre, que entre otros muchos señores tanto interés se tomaron por el enfermo, el estado de gravedad en que se encon­traba, no solamente por causa de la herida principal, sino por la lesión que acababa de reconocer; porque no creí posible gra­duar el destrozo que podía haber en este camino, atendiendo a que, según viene dicho, la punta del asta se hallaba astillada y alguna de sus partes era la productora de esta lesión; circunstan­cia que podía dar margen a serias consecuencias, pues fácilmen­te se hubiera podido interesar algún vaso, nervio, etc. También manifesté que, como profesor encargado de la enfermería de la plaza de toros, había llenado mi cometido, y por lo tanto podía en­cargarse del enfermo aquel profesor que más confianza le inspi­rase, a lo que se me contestó, que el enfermo y ellos eran gusto­sos de que continuase encargado con su asistencia.
Por lo tanto, establecí el plan que debía observarse. Lo prime­ro, siendo grande el numero de las personas que deseaban verle, previne que no se permitiese en la habitación más que las in­dispensables para su asistencia, y, además prescribí dieta absolu­ta, agua de naranja para bebida usual, cuatro onzas de mistura antiespasmódica en cucharadas, y fomentos de agua de vejeto a la pierna y sitio de las contusiones, habiéndose opuesto a que se le sangrase. A las once de la noche sobrevinieron escalofríos y comenzó la reacción; por lo que fue indispensable la sangría, ha­ciéndola en el acto, de ocho onzas.
Día 22. La noche fue inquieta, y a las nueve de la mañana se había manifestado completamente la fiebre traumática. Le moles­taban bastante los dolores en las partes contusas, con especialidad en la nuca; tenía además una tos frecuente, debida a un catarro que sobrevino por haberse mojado y secádose la ropa sobre el cuerpo, durante el viaje que acababa de hacer desde La Coruña a esta Corte; cuyo catarro había mirado hasta entonces con indi­ferencia. Aumentábasele la tos con la mistura, produciéndole ar­cadas; por lo que la suspendí, sustituyendo el jarabe de altea, y encargando que el agua de naranja fuese hecha en la de flor de malva: lo restante del día sin novedad. A las nueve de la noche se quejaba de pesadez en la pierna, y se hallaba infartado su extremidad inferior; por lo que separé la venda que había aplicado so­bre la cisura de que viene hecha mención, con la idea de ver el estado de esta, e igualmente por si el infarto era efecto de la compresión, que pudiese haber producido. Hallábase tumefacta toda la extremidad inferior, y la piel correspondiente a la cisura destruida y equimosada, fluyendo por ella un líquido sanguinolen­to. Las mismas consideraciones me indujeron a levantar la ven­da de la herida, pero no lo demás del apósito. En vista del esta­do que presentaba, y teniendo presentes las consecuencias que suelen sobrevenir en tales lesiones, cuando hay partes tendino­sos interesadas; mandé en vez de los fomentos del agua de veje­to el bálsamo samaritano.


Día 23. La noche inquieta, pero consiguió dormir algún rato; la fiebre no era tan intensa, la sed había disminuido, la tos se­guía pertinaz causándole algunas veces náuseas y resintiéndose mucho de la cabeza con las sacudidas que producía; la hin­chazón del miembro era mayor, y se habían presentado en algu­nos puntos de la circunferencia de la herida unas chapas rojas diseminadas, de carácter erisipelatoso. Prescribí una aplicación de 24 sanguijuelas, designando los puntos de la pierna donde se habían de poner, y que se favoreciese por medio de una cata­plasma emoliente la evacuación, y después previne que se apli­casen los fomentos constantes del cocimiento emoliente. Por el estado en que se encontraba la pierna, aunque había cedido un poco la fiebre traumática, debía inferirse la marcha que seguiría herida; es decir, que no era posible se uniese por primera in­tención, y de consiguiente lo menos malo era una gran supura­ción. Por su mucha extensión, y para poner a cubierto mi res­ponsabilidad médica, manifesté a los amigos inmediatos del enfermo, que era de absoluta necesidad celebrar una consul­ta, y que llamasen a los que fueren más de su confianza, de­signando las dos de la tarde para que hubiese tiempo de avisarlos. A dicha hora, en vista de la invitación que se les hizo, concurrieron los señores Obrador, Serrano, Escovar, y Salazar (D. Patricio), no habiéndolo hecho el Sr. Bastarreche por encontrarse indispuesto. Examinado el enfermo, se encontraba en el mismo estado que viene dicho, con la diferencia de haber tomado las chapas su forma de manchas y ser más manifiesto el carácter erisipelatoso, ocupando la mayor parte de la pierna y rodilla; se acordó levantar parte del apósito para reconocer el estado de la herida, cuyos bordes se hallaban muy tumefactos, fluyendo por entre los pun­tos de sutura y tiras de aglutinante un líquido sero-sanguinolento muy abundante por la parle superior, como si proviniese, de la corba. En vista de la gran tensión que había, se levantaron las tiras y se cortaron los hilos, apareciendo entonces los músculos interesados como macerados. Se procuró explorar el trayecto causado por la astilla de la abertura inferior con la superior, pero no fue posible por la inflamación que había. Examinado detenida­mente el enfermo por mis dignos compañeros, pasamos a celebrar la junta, en la que expuse breve y sencillamente, como viene ma­nifestado, la clase de herida, el destrozo que había ocasionado, síntomas que había advertido en las 40 horas trascurridas, y los medios de que se había hecho uso. Manifesté también que en aquel estado había además de la herida, una inflamación flegmonoso-erisipelatosa de la pierna y de la rodilla, complicada con un catarro pulmonar. Consideré el pronóstico de gravedad, tanto por ­la clase de tejidos interesados, cuanto por la gran inflamación que había sobrevenido, y por el catarro que estaba sufriendo el pa­ciente. En cuanto al tratamiento fue mi dictamen que debía insistirse por entonces en el plan atemperante y antiflogístico, el cual se modificaría según el curso del mal y síntomas que sobre­viniesen.
Estando conformes, respecto al destrozo que había en la herida, a los accidentes que habían venido á complicar el estado del enfermo, igualmente que al pronóstico , debe inferirse que el plan curativo se diferenciaría tanto en el modo de apreciar cada uno los accidentes propios o el estado en que se encontraba nuestro enfermo: así es que, sobre dos puntos principales versaron las reflexiones que se hicieron, exponiendo antes uno de los comprofesores todos los medios terapéuticos que debían observarse para el mejor éxito, sin olvidar la cosa más insignificante, co­mo es la posición del miembro, la cama, asistencia, etc. El pri­mero de estos puntos fue, si se deberían preferir las evacuaciones generales a las locales, conviniendo que en el momento se le hi­ciese una general. Lo que más se dilucidó, fue, si convendría di­latar la herida hasta la inferior, por si esta era la causa de la gran inflamación y de los síntomas tan alarmantes que presentaba, acordándose que en el acto debía diferirse y obrar luego según las circunstancias. (…)
Con el dictamen de mis compañeros, quienes me ilustraron con sus conocimientos y experiencia, establecí el tratamiento que cor­respondía, y para la más puntual asistencia dispusiese se llama­sen dos practicantes del hospital, quienes han llenado completa­mente su cometido. Se ejecutó la sangría, se le aplicaron unas planchuelas de cerato a la herida, y se continuó con los fo­mentos renovándolos con frecuencia.
Día 24. La noche anterior estuvo Montes desazonado, mo­lestándole mucho la tos; la erisipela se había extendido hasta la parte media e interna del muslo; los demás síntomas generales continuaban lo mismo, y se quejaba de gran debilidad, por lo que ­mandé se le diera un caldo tenue de ternera. A las nueve se le curó, y estaban los músculos reducidos a una especio de putrílago, por lo que en vez de las planchuelas de cerato se aplicaron cubiertas del amarillo, y a los fomentos emolientes se le añadió el agua clorurada. Habiendo creído oportuno dilatarle el ángulo superior de la herida, en atención á la tirantez que había, lo que le ocasionaba bastante dolor, y el poder dar más libremente salida a un líquido semi-purulento que se extendía hasta la corba, ha­biendo encontrado alivio a las pocas horas: lo restante del día sin novedad. A las nueve de la noche, había disminuido la erisipela; pero aun había tensión y pesadez en la pierna y muslo, por lo que le dispuso 24 sanguijuelas a estas partes.
Día 25. La noche fue molesta por causa de la tos; la lengua estaba saburrosa, el vientre no se le había movido desde el día 21, y la herida daba un líquido icoroso muy abundante. Prescripción. Una onza de aceite de ricino con otra de jarabe simple, lo que bastó para que hiciese dos deposiciones. Y habiendo cedido la tensión con las sanguijuelas, se le volvieron a repetir a la pier­na. El día fue regular. A las nueve de la noche había cedido la erisipela completamente y se habían formado dos escaras gangre­nosas, la una sobre el maléolo interno, de la magnitud de una peseta, y la otra en la parte posterior de la pierna, del tamaño de un medio duro, no interesando sino los tegumentos. En vista de que el enfermo temía la noche por la tos, y no cediendo al jarabe de altea ni de goma, le prescribí un grano de acetato de morfina en 4 píldoras, para que tomase una cada dos horas.
Día 26. La noche fue inquieta, desvariando cuando se quedaba traspuesto hasta llegar a levantarse de la cama, y la tos había cedido. Cuando yo le vi, seguía su curso regular, el estado general y las facultades intelectuales se hallaban despejadas. La inflamación estaba circunscrita a las inmediaciones de la herida y de las escaras, la supuración iba siendo de mejor índole y los músculos interesados iban dislacerándose en algunos puntos. Prescripción. Suspensión de los fomentos y del ungüento amarillo; en lugar de éste el cocimiento antipútrido para lavatorio al hacer la cura, y planchuelas con el aceite de trementina. A las doce notaron los practicantes que deliraba y sufría algunos movimientos convulsivos en los miembros, con especialidad en los superiores. A las cinco le vi y presentaba el cuadro siguiente: pulso más frecuente que los días anteriores (excepto cuando se manifestó la fiebre traumática); calor acre, sed intensa, lengua seca, dolor de cabeza, desorden en sus ideas, y estado convulsivo; tal estado representaba al delirium tremens de los autores. En vista de la indicación que había formado, dispuse paños frecuentes de oxicrato a la frente y tres granos de acetato de morfina en seis píldoras para que tomase una cada dos horas. A las nue­ve contestaba más acorde a lo que se le preguntaba y no ofrecía cosa particular que llamase la atención.
Día 27. La noche como la anterior hasta las cuatro, en que después de haber tomado la tercera píldora, se quedó dormido hasta las siete, habiendo cedido los síntomas nerviosos que presentaba el día anterior, y hallándose sus facultades intelectuales en el estado normal. La supuración de la herida era en algunos pun­tos de buena índole, y la escara situada sobre el maléolo, princi­piaban a eliminarse. Prescripción. Suspensión de las píldoras, y en atención a la aversión al caldo, una sopa clara de gluten.
Día 28. Durante la noche descansó algunos ratos, el catarro había desaparecido y su estado general iba mejorando; los tejidos mortificados se iban desprendiendo.
Día 29. Sin novedad; se dispuso media libra de la poción laxante, por no habérsele movido el vientre desde el día 23, y con ella se consiguió el resultado que se apetecía.
Día 30. Seguía sin novedad, por lo que se le principió a dar algún alimento, quedando circunscritos sus padecimientos a la afección local, es decir, a la mortificación de los tejidos interesa­dos, los que como iban eliminándose, aparecía en la pantorrilla una dureza como si se hubiesen cortado los gemelos y se hubieren retraído sus fibras hacia la parte inferior; la supuración iba me­jorando gradualmente y la escara desprendiéndose, por lo que la solución se extendía hasta la parle posterior de la pierna. La es­cara inferior, así como la cisura no llamaban la atención sino por la inflamación de las partes inmediatas. Así es que juzgué oportu­no ayudar sencillamente a la naturaleza, y quedó reducido el plan a tisana de cebada y planchuelas de ungüento digestivo. De esta manera continuó sin novedad hasta el 17 de agosto, en cuyo tiem­po no hubo que hacer otra cosa que cortar con las tijeras las porciones de tejidos que se iban desprendiendo, quedando reducidas las partes mortificadas a pocos puntos. Dicho día me sucedió que, al tiempo de la cura y al coger con las pinzas un pegote de la parte inferior de la herida, fue saliendo con la tracción una cinta celuloso-membranosa de tres cuartas de largo, sin que el enfermo notase nada ni antes ni después de la extracción”.


Como puede comprobarse la herida, amén de ser más profunda, extensa y compleja de lo previsto por el orificio de entrada, no se exploró adecuadamente, y fruto de ello fue descubrir, en primera instancia, que existía un pequeño orificio de salida cercano al tobillo interno, que comunicaba, al parecer con la herida principal. Además, y como era lógico en aquellos tiempos en que no existían los antibióticos, ni se pensaba en una adecuada y correcta desinfección de la herida, ésta acabó por infectarse muy seriamente, con manchas eritematyosas que probablemente eran puntos gangrenosos. La mayor apertura de la herida, para reducir la inflamación, y probablemente el aireo de la misma, probablemente salvaron, de forma inmediata, al dfiestro, pero no fueron suficientes –a pesar del agua clorurada, o clorada- para evitar la contaminación microbiológica de la misma, y así aparecieron gangrena, tejidos dislacerados y putrefactos y hasta trozos de músculos y otros elementos que se desprendían de la misma. Todo un verdadero aquelarre de infecciones que devastaron la zona. Montes mejoró en los días siguientes, pero sin curarse por completo, y fíjense como el 17 de agosto, casi un mes después de la tremenda cogida, la herida seguía abierta y desprendiendo “porciones de tejidos”, algo dantesco, sin duda. Ese día se extrajo de la herida una “cinta celuloso-membranosa de tres cuartas de largo”, que el cirujano guardó en un frasco con alcohol para que pudiera ser contemplada por otros colegas de profesión y aun “por el que guste” como reza a pie de página en el artículo. Desconozco que pudiera ser esta formación membranosa a un mes de la cogida, quizá tejidos musculares muertos, dislacerados, pero quién sabe si formaciones fúngicas o ser-membranosas en una zona séptica tan brutal como la que nos describe el médico.
La evolución siguió siendo muy tórpida, y así el Dr. Andrés y Soria nos seguirá relatando lo siguiente:

En adelante continuó bien su curso la herida, cicatrizándose por algunos puntos, hasta que el día 30 de agosto, a eso de las cuatro de la tarde, sintió el enfermo escalofríos, dolor de cabeza, y ardor en la pierna. Cuando lo vi, a la siete de la noche, estaba con fiebre, sed, lengua seca, y rubicunda toda la pierna, en particular la extremidad inferior: atribuyendo esta novedad al cambio at­mosférico que hubo aquel día, y tal vez a algún exceso en la co­mida. Prescripción. Dieta, agua de naranja hecha en la de flor de malva, y fomentos emolientes á la pierna.
Día 31 de agosto. Aquella noche estuvo como azorrado y sudó mucho; los síntomas generales habían cedido y la inflamación de la pierna se había extendido al pie, presentando el carácter erisipelatoso flegmonoso, con especialidad en la parte interna. Se le dispuso una aplicación de 24 sanguijuelas y cataplasmas emo­lientes a la pierna.
El 1.° y 2.o de septiembre. Siguió su curso la inflamación habiendo terminado por abrirse de nuevo la cicatriz formada en la cisura y escara interior, igualmente que por la abertura de una de las picaduras de las sanguijuelas correspondiente a la parte anterior y externa, por cuyos puntos y borde inferior de la herida fluía un líquido tenue muy abundante, que fue cediendo a beneficio de los emolientes, cerrándose las nuevas aberturas.
Desde esta época ha sufrido varias alternativas, ya experimentando algún trastorno en los órganos digestivos, pues con frecuencia se le descompone el vientre, cosa no rara en él; ya en la pierna, tomando siempre el carácter erisipelatoso, abriéndose de nuevo la cisura, y resintiéndose además de un dolor sordo en la cresta de la tibia; pero por fin, la herida ha continuado bien hacia la cicatrización”.

La herida cicatrizó en su parte exterior, pero ese color erisipelatoso no dejaba entrever nada bueno, y si a ello sumamos la apertura de la herida meses después y los dolores constantes, sordos, profundos, el panorama no parecía ser nada bueno. Montes volvió a los pocos días a su tierra natal, pero todo nos hace sospechar que la curación de la pierna no terminó de producirse, y que agravada o quizá complicada por esos problemas respiratorios o digestivos, tuvo al fin una sepsis que acabó con su vida en abril del siguiente año. Triste fin para el más grande de los diestros habidos hasta ese momento. Con estos datos creemos haber aportado un breve conjunto de nuevas noticias que sin duda redondearán las que ya poseíamos sobre el importante lidiador chiclanero y que vienen a sumarse a las que ya autores de más reconocido mérito que uno mismo han aportado en estos últimos años desde el segundo centenario de su nacimiento.