lunes, 20 de mayo de 2013

Orejas borrascosas


Madrid, 19 de mayo de 2013. Tres cuartos de entrada (que fueron menos a medida que la gente se marchó con la tormenta). 5 toros de Fermín Bohórquez, desigualmente presentados, mansos, justos de casta o descastados, de pobre juego en general. 1 toro de Carmen Segovia (4º), bien presentado, manso pero encastado y boyante.  Juan Bautista, silencio y oreja. Juan del Álamo, palmas (aviso) y oreja (aviso). Diego Silveti, oreja y silencio.

¡Eh!
¡Ooohhh!
¡Ah!
¡Eeeeeemmmm!
¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡!!!!!!!!!!!!!!!!!!
Perdónenme, voy a intentar salir de la estupefacción que aun me nubla el entendimiento... Vaya por delante que el título de esta crónica es prestado de mi buen amigo Víctor. Él propuso “tormentosas”, por aquello del tormento –que no de la tormenta- que suponían los absolutamente gratuitos trofeos regalados por el palco (el primero) y las gentes que escasamente cubrían los tendidos tras la gota fría (los dos siguientes). Gota que resbaló, sin duda, por las nucas de los aficionados que contemplaban impertérritos y sin decir esta boca es mía, la dadivosa actitud (que en el Código Civil puede ser causa de incapacitación legal de una persona) de una mayoría que había acudido con la entrada de su primo, del compañero de trabajo, o de su cuñado, tras el fiasco de la corrida estrellada del sábado. Domingo de isidros… ya se sabe. Y como la entrada es gratis, los regalos no cuestan nada…
Yo hubiera titulado esto de distinta manera, en algún caso parafrasendo títulos cinematográficos, como Con orejas y a lo loco; Silveti y la oreja filosofal; Orejator; Desayuno con orejas; Orejas y lágrimas; Tres orejas y un funeral; La noche de las orejas largas; Bautista en el país de la orejas; El retorno de la oreja; La oreja fantasma; Regreso a la oreja I - Regreso a la oreja II - Regreso a la oreja III; Orejas en la lluvia; La empresa contraataca; Tres hombres y una oreja, o bien, Tres orejas y un destino; Senderos de orejas; Por un puñado de orejas
O, quizá, recurriendo a insinuaciones de otro tipo, titulares como Granizada de orejas; La oreja impermeable; Silveti, Álamo y Bautista como Perera; Zeus tonante desata su ira sobre la fiesta y mil más que no voy a contarles por no aburrirles.
Porque lo de ayer se narra con extrema sencillez. Lo importante era volver a casa con orejas que contar. Como no hubo más toreo digno de mención que cinco buenas verónicas de Juan del Álamo en la salutación al quinto, a ver cómo narro yo aquello… sin el imprescindible apoyo del número de recompensas cobradas. Hombre, hay quien recurre a la épica bajo la lluvia y el granizo… como si nunca hubiese llovido o granizado antes. Cuando los principales méritos en el toreo radican en la estoica recepción de los goterones de lluvia fría, o en el granizo que te martillea implacable… me da que de toreo, toreo, hubo poco o más bien nada.

El toro de la corrida no fue de Bohórquez; el de Carmen Segovia preguntando a los veterinarios de que iba aquello (Foto: las-ventas.com)
Lo de Bohórquez ha recuperado las fuerzas perdidas hace muchísimos años; se ve que el destierro general a corridas de rejones le ha venido bien en tal aspecto. Ya no se caen tanto como hace años. Y pare usted de contar. Los cinco lidiados fueron un conjunto de mulos sin casta, desiguales de hechuras y de trapío (algunos, eso sí, acarnerados de cabeza, como corresponde al encaste) y poco más. Destaquemos al segundo, sosote pero embestidor por aquello de buscar también el comportamiento positivo en la reseña. Lo demás entre la sosería y el descaste, con un auténtico burro en último lugar, que no fue, ni mucho menos, el único, pero sí el más destacado en su papel. Menos mal que los dioses, Zeus a la cabeza, tuvieron a bien regalarnos de salida un toro de doña Carmen Segovia, mansito en varas, pero noble, boyante y encastado en el último tercio, un toro de puerta grande que Juan Bautista se comió crudo. ¡Qué pena de toro!

Juan Bautista en el cuarto, el de Carmen Segovia, que metía la cabeza como ven a pesar de cómo lo llevó el francés (Foto: las-ventas.com)
En cuanto a los diestros poco hay que contar. El francés nada hizo con la capa en toda la corrida; ni aun alternó en quites como sus compañeros… para qué. En su primer toro –o como quieran llamarlo-, Pajarero por mote (509 kilos, negro listón, delantero de cuerna como toda la corrida, de infumable trapío, especialmente por detrás), un bicho manso, soso, que iba con la cara a media altura y descastadito en general, anduvo tan sin sal como su oponente. Mucho enganchón en las cuatro primeras tandas –el viento molestó y él no escogió los terrenos apropiados-, mucho pico para mandarlo por fuera, despegado, y final acortando distancias porque aquello se movía, ya, lo mínimo posible. No hubo ni aplausos al finalizar alguna tanda, y a la gente empezó a abrírsele la boca. Una estocada caída y a otra cosa. En el cuarto, con el diluvio universal en marcha, vino Noé –o Gilgamés, como gusten- a rescatarlo. Había entrado la corrida en la locura orejófila, porque como llovía bastante había que amortizar el frío y la humedad para que al día siguiente no te tilden de estúpido. La mayor parte de la prensa había desertado (es lo que tienen las entradas de favor, como son abajo, se mojan, y acaban en la sala de prensa con el cubata, viendo la corrida a través de los ojos de Molés). Así que ni se enteraron del anterior, ni, creo, tampoco de este toro. Lanzavientos fue el toro de Carmen Segovia, bien presentado, que no hizo gran cosa en varas, pero embistió encastado al trapo; un toro de 558 kilos bien recogidos, negro listón chorreado, abierto de cuna pero no muy desarrollado de cuerna. Un buen toro, generoso, pronto y alegre a lo largo de todo el trasteo. Periférico y poco templado, siempre en paralelo, sin metérselo detrás jamás, Juan Bautista lo pasó por una y otra mano, sin que le tocara mucho la muleta pero sin sal ni gracia alguna. Faena de pegapases, donde la muleta iba por su lado y el toro por el suyo con bondad y calidad notables. Una estocada por arriba, levemente atravesada, le conseguiría una oreja que, de no llover éstas y agua a raudales, se hubiera quedado en silencio por andar muy por debajo de las cualidades de la res.

Del Álamo en una de las buenas verónicas al quinto (Foto: las-ventas.com)
Juan del Álamo estuvo, asimismo, anodino a lo largo de todo el festejo. Reconozcámosle, al menos, los varios intentos con el capote y su atención en quites, al margen de sus buenas verónicas al quinto, ganando terreno. Quitó por chicuelinas –del montón-; replicó a Silveti en su primer toro por algo como tafalleras y una larga a media altura; luego en el de Bautista, sin decirnos nada, y sanseacabó. En su primer toro, como ya tronaba Zeus, se llevó unas palmas de recompensa por un toreo asimismo despegado y desde fuera, llevándolo siempre en paralelo, algo retorcido y todo de abajo para arriba, con movimientos mecánicos del cuerpo y sin demasiado juego de brazos. Acompañaba al bicho más con el giro del tronco que con el juego del brazo correspondiente…, sorprendente pero real.  Pero, eso sí, una serie de pases de pecho al final y unas manoletinas más que populistas, auparon los ánimos, y de no ser por la estocada caída, el aviso y los cuatro infructuosos intentos de descabello, quizá el premio hubiera sido mayor. El bicho, el más potable de los murubeños de Bohórquez (Soberano, con 545 kilos, negro bragado y meano, axiblanco, algo ensillado y acarnerado de cabeza) fue mansito en varas, saliendo suelto de los encuentros, pero llegó a la muleta sin problemas, algo soso y embistiendo con nobleza. De las palmas en éste a la oreja del quinto… aun por menos. Navajero I, la res de marras, fue un bicho de 518 kilos, justito de carnes, negro de capa, manso y que se vino a menos rápidamente, ayuno de casta. No importó para nada al público empapado de orejas y  lluvia. El mirobrigense, al menos, le daría una y luego cinco verónicas más de categoría, rematando la serie a la par que ganaba terreno al bicho hacia los medios, con media… luego se puede, ¡albricias! Tomen nota para lo sucesivo, por favor, no son espejismos, ni invenciones de gente mayor, que cree haber visto a Antoñete… Pasó el bicho con más pena que gloria por la caballería montada, y llegó con mínimo gas a la franela. Algún leve cabeceo defensivo por falta de fuerzas y pocos problemas más. Visto como se desarrollaba el festejo, del Álamo optó por el populismo: series cortas, sin profundidad, siempre descolocado, acompañando el triste y breve viaje del toro –que no aguantaba tres muletazos seguidos y necesitaba constante aire entre lances y entre tandas-, y para levantar los ánimos las sempiternas bernardinas –en vez de manoletinas-, pases de pecho y giros en la cara del aplomado torio que tanto gustan en Villamelonares de la Corneja. Ya avisé yo a mi compañero de localidad que eso acabaría en oreja…; ¡Qué no, hombre, que no!, me respondió. Pues toma del frasco, Carrasco: una estocada por arriba, tirándose con muchas ganas, un poco delantera, un aviso, la lenta agonía de tres o cuatro minutos con el bicho en tablas –por no querer coger el descabello, ya que en el primero había hecho una escabechina- y la gente ilusionada con que estaba viendo morir al mismísimo Bastonito en los medios. Oreja al canto, de las de rebajas del chino de la esquina.

Silveti en el pase cambiado que abrió la faena al tercero, bajo el granizo (Foto: las-ventas.com)
A Diego Silveti no podemos, tampoco, negarle la voluntad de agradar y el intento casi constante de lucirse con el percal. Otra cosa es, evidentemente, que lo consiguiera. Anduvo quitando cuanto pudo: unos delantales al segundo, gaoneras eléctricas al tercero, delantales y media en el quinto y pare usted de apuntar. De recibo, ni en uno, ni en otro, le apuntamos nada digno de mención, si no es algún paso atrás en el tercero… Éste, el del triunfo imposible, se llamó Orador, un toro de 544 kilos, negro bragado, meano y axiblanco, manso y descastado, que tuvo una embestida final paupérrima. El diluvio comenzó nada más iniciarse la lidia de Orador; rayos, truenos, lluvia y de repente un granizo furioso hicieron acto de aparición. Hasta el punto de que aquello tendría que haber sido suspendido, tal fue la fuerza de los elementos, y tal el estado en que se puso el machacado ruedo (recuerden el hundimiento de la cubierta, las grúas, los camiones de recogida de material…). Con peligro franco se banderilleó al animal, y allá que fue Silveti, bajo los elementos, a brindar al público que abandonaba masivamente los tendidos. Muy meritorio todo ello –lo de los toreros, no lo del público, claro-. Y citó en los medios para dar sendos pases cambiados por la espalda, fenomenal. El toro dijo que con tres o cuatro lances tenía ya suficiente y empezó a pararse. Silveti coge la diestra, el toro, cortito, tiene poco gas y a duras penas es capaz de tomar tres pases y el remate… La plaza se cubre del blanco granizo; sin viaje y con cabeceo de pocas fuerzas, es Silveti quien tiene que rematar los pases yéndose un poco, sin molestar al bicho, desde fuera; no hay final posible en las suertes… pero la gente está a lo de la granizada y no a otra cosa. Los olés se suceden como medio de calentar la garganta y templar los ánimos. Ya se sabe que los fenómenos meteorológicos impresionan y los rayos caen cerca de la plaza. Han recogido ya la grúa de Canal Plus, por si hace de pararrayos. El toro no se desplaza ya apenas en la cuarta tanda, se mueve con dificultad, pero no importa, la gente vitorea cada lance como si de ello dependiera su vida frente a Zeus tonante. Una quinta, también con la diestra, y unas bernardinas en las que el mexicano tiene que cumplimentar el recorrido que le falta al toro, moviéndose él más que éste. Un pinchazo, dejando el brazo atrás, y tres cuartos de estoque bajo… y sin petición, pero con mucho silbido, oreja que concede el benefactor don Trinidad. México ha de levantarle un monumento a la entrada de la Monumental; pero el error es asimismo monumental; con ello abrió una caja de Pandora que condujo al resultado final, auténticamente surrealista. Pues nada; una oreja cortada bajo la ética de la granizada, pero con muy poco toreo que llevarse a la boca. Seguro que de ayer no recordarán los orejofílicos más que la fuerza de los elementos meteorológicos, y ni un solo lance que dibujar en la mente. No hubo mayor opción –y eso que la tarde iba en cohete- en el sexto. Navajero II (580 kilos, negro bragado, muy manso y mular de comportamiento) no lo permitió. Su desplazamiento fue como el del tercero, pero los aficionados ya no soportaban la lluvia o el granizo, y al menos ahora, cantaron las verdades de aquello. La faena, sin embargo –el esbozo de ella- fue similar. Toreo despegado –pero bastante, además-, periférico, frente a un toro que como Orador, apenas se desplazaba –éste aun menos, pero no mucho menos-. Así que, visto lo visto, y ante las críticas –ahora sí, de los aficionados- Silveti cortó la pantomima en la cuarta serie, cogió el acero y le recetó a Navajero tres cuartos, tendidos, y cuatro descabellos, después de que el bicho coceara un poco.
Háganse ustedes idea que de no caer la mundial, la corrida se hubiera saldado con silencios o palmitas y tendrán el resultado final. Lo de las orejas es necesario para que se acuerden los que van una vez al año. 

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