jueves, 29 de noviembre de 2012

Presentación en Castellón del libro sobre la última temporada de "Joselito el Gallo"

Este próximo viernes, mañana mismo, a las ocho de la tarde, se presenta en el antiguo Casino de Castellón, el libro de Vicent Climent y Javier Vellón, "Sangre azul torera. Joselito 1920", editado por la Unión de Aficionados La Puntilla.



Cúmplese este año, como todo el mundo sabe ya, el centenario de la alternativa –que es como la llegada al mundo, a la fama, a la vida- del más grande torero de todos los tiempos, José Gómez Ortega, Joselito.  Y no podía perderse la oportunidad de recordar al ídolo, al héroe, en tan señalada fecha. Por doquier, aunque tímidamente, han ido surgiendo los homenajes y los recuerdos cariñosos, salvo, claro está…, entre los de su gremio o entre los profesionales del sector, salvo alguno a título particular. Nadie es profeta en su tierra.
Este libro nace, pues, en ocasión tan memorable, y surge como el esfuerzo de dos grandes aficionados, para rendir el admirado tributo al lidiador más completo que haya existido. José Gómez Ortega, Joselito o Gallito –como prefieran-, alcanzó junto a Juan Belmonte las más altas cotas en la profesión en la que se juega con la muerte para recrear la vida. José y Juan llenaron por completo casi una década entera de tauromaquia en los albores del siglo XX, transformando no sólo el arte del toreo, revolucionando sus formas e incluso su propia idiosincrasia, sino la vida nacional, la actualidad de cada momento en una España que convulsionaba entre huelgas revolucionarias y constantes cambios de gobierno, entre medidas de ajuste durísimas y escaseces debido a la Gran Guerra, entre una sociedad aun poco urbanizada y unas élites que se debatían entre la abstracción, la perplejidad y la mirada endogámica. En lo político, fíjense, pocas novedades si lo contemplamos con miradas actuales; en lo taurómaco… un abismo esencial.

Cartel mural del domingo de Resurrección sevillano de 1920 (Colección personal)
Céntrase el libro en recordarnos cuál fue la trayectoria del menor de los hijos de Fernando el Gallo, en ese último año que le condujo a la gloria y a la muerte. 1920 quedará por siempre escrito en los anales de la historia de la tauromaquia con la negra tinta del luto: tal y como se dijo en su momento, en él falleció, en una triste tarde encapotada, en plaza de tercera y con una ganadería de escaso nombre, el más importante diestro de la historia.
Pero 1920, tal y como nos desvelan los autores, no fue sólo un año trágico; aunque es cierto que fue año de cierto desencanto, de cierto hastío, de cierta pesadumbre. José, como Juan, se veía constantemente apremiado –casi hasta perseguido- por su propia fama, por la misma gloria de sus hazañas de tantas tardes, y por ello, los públicos, siempre inmisericordes y con pretensiones cada día crecientes, le exigían cada vez más, sin tener en consideración ni sus estados anímicos, ni las circunstancias ambientales o personales, ni las condiciones de las reses a las que se enfrentaba.
La de 1920, además, fue una temporada atípica para el sevillano, pues hubo de comenzarla en tierras americanas, en Perú, en cuya plaza de Lima (la más que tricentenaria plaza de Acho) lidiaría durante el invierno entre 1919 y el año fatídico. Tierras americanas que jamás antes había pisado y que hubieron de suponerle nuevos triunfos y mayores glorias, tales como antes nadie había conquistado en el particular mundo de la tauromaquia. Volvería a España a continuación para comenzar la temporada nacional en Sevilla, el domingo de Resurrección. ¡Vaya cartel el de aquella tarde! José, Juan, el valiente Sánchez Mejías y el incomparable Chicuelo. Solamente el ganado desdijo de aquella ocasión, preparada para mayor gloria del arte del toreo. Y de ahí hasta su muerte, diecinueve corridas más; veinte festejos en total para redondear con la fecha en un arcano trágico.

(Colección personal)
Tampoco fue una temporada más, pues a pesar del cierto desencanto de sus comparecencias madrileñas, o alguna de las sevillanas, los éxitos se repitieron por doquier pisaba. Sólo el mal uso de los aceros, que tantos disgustos le costara a lo largo de toda su carrera, le privó de mayores reconocimientos populares. Los cortes de oreja –o incluso rabos- abundaron incluso en los cosos más exigentes: en Madrid una oreja en la Corrida de Beneficencia el 5 de abril; en Sevilla otra el 28 del mismo mes; en Barcelona dos orejas en la corrida del 6 de mayo en la Monumental; ¡ay si hubiera matado siempre mejor! Hubo vueltas en muchas de estas apariciones en plazas de primera, como las cuatro de Sevilla, o aquella de Madrid del 5 de mayo. En Murcia cortaría dos rabos, uno y cuatro orejas en Játiva, trofeos obtiene en Jerez, en Andújar, o en Écija. Su temporada se va desarrollando –con el paréntesis madrileño- entre actuaciones memorables y alguna tarde de menor relieve.
Su temporada se caracteriza por una inequívoca transformación ya puesta en marcha en campañas anteriores. Su toreo ya no es aquel de sus primeros años, heredero de tiempos pasados, culmen de la tauromaquia decimonónica; ha evolucionado en consonancia a las nuevas formas. Los públicos buscan nuevas emociones, más quietud, más exposición del diestro, más toreo dominador y bello de capote y muleta. José –quizá por sus innatas cualidades más que Juan- muestra una evolución en el arte como hasta entonces no se concebía. Lean las breves reseñas de cada actuación en este libro y comprenderán como ha ido evolucionando la tauromaquia en esta década prodigiosa. Su toreo de capote se suaviza, se prolonga sobre sí mismo, ya no despide los toros con el mismo alzamiento de manos que realizase en sus años iniciales, a lo más se rematan los lances a la altura del hombro, porque es preciso ligar aquéllos. No es raro que las crónicas nos narren cinco o seis verónicas, dos de ellas superiores, como pudiera suceder hoy en día. Ya no son capotazos aislados, sino faenas de capote, los quites ya no sólo consisten -en muchos casos- en el lance para sacar al toro del caballo, sino que han de ser completados con dos o tres pases más. Fíjense en positivo, cuando así nos lo cuenta la crónica, o en negativo, cuando el narrador se queja de que José se abstuvo de hacerlo o anduvo apático en el capoteo. Otro tanto, con mayor peso específico, sucede con la faena de muleta. Antes de la época de José y Juan, los pases se contaban por unidades: instrumentó quince pases, entre naturales, de pecho y por la cara. Ahora no; la faena de muleta ha adquirido ya gran parte de la personalidad y trascendencia que ahora reclamamos los aficionados. Los lances se cuentan por tandas o series; se describe la sucesión de la faena, se habla –por ejemplo- de cinco naturales seguidos, o se comentan los tres pases de rodillas, seguidos de cuatro con la derecha, tres al natural rematados con un molinete y uno de pecho. Capten, por tanto, en las interesantes crónicas que siguen, este importante matiz que dará paso, con el devenir de los años, en las faenas modernas de muleta. Y José torea en redondo tantas tardes... Ya no se despide al animal en cada muletazo, se remata el lance según el canon clásico –ahora sí hecho efectivo- para intentar ligarlo con el siguiente, y por ende, dejando al toro colocado a la espalda del lidiador. José, en esto, es el verdadero revolucionario, el diestro que empieza a comprender la necesidad de ligar y de llevar al toro en redondo, el primero también que lo ejecute con la necesaria continuidad y brillantez. Ejemplos sobran en las crónicas de su vida taurómaca y a lo largo de las páginas del libro.

(Colección personal)
Todo, inexorablemente, se fue cumpliendo para la consagración del mito. Un torero singular, único, revolucionario, con un dominio tal de toros y lances como hasta entonces no se había conocido, un diestro alegre en las formas, trascendente en el fondo, que no rehuía los alardes temerarios de valor –de ahí que abundara en el toreo genuflexo y el agarre de pitones, en desplantes constantes, en gestos mirando al tendido-, que era un prodigio banderilleando –especialmente al quiebro-, y que poseía un enorme repertorio tanto con el percal como con la franela. Su única espina, la espada, fue la que le privó de mayores triunfos muchas tardes, pero, no obstante, tampoco era un desastre o un torero demasiado irregular –alcanzó a matar con cierta seguridad y con un tranquillo que hoy no nos resulta extraño: el salto a la hora del embroque para superar el pitón derecho de la res, tal y como lo ejecuta hoy el Juli-.
En las páginas del libro podrá el lector encontrar, de la pluma de dos buenos amigos y mejores aficionados, Javier Vellón y Vicent Climent, el desarrollo pormenorizado de la última temporada de Joselito el Gallo. A modo de diario podrá revivir el quehacer del maestro de Gelves, día a día podrá enterarse y comprender lo que fue su postrer paso por ambos mundos, el terrenal y el taurino. Pónganse en su lugar, admiren la capacidad vital del diestro, sus esfuerzos, los sacrificios que el arte imponía a los de mayor fama, los viajes constantes en ferrocarril, los compromisos con ganado de todas calidades y cualidades, las corridas duras, las menos duras, los éxitos y los fracasos, que de todo pudo haber.
El relato, obligado es, se detiene en todos los pormenores que antecedieron  y siguieron a la tragedia talaverana. Nada se escapa a la vista inquisitiva de los autores. Se contrastan fuentes, se valoran opiniones, se subrayan verdades y se matizan versiones no presenciales. Se nos narra el suceso con exactitud forense. Se aportan nuevas fuentes y se aquilata hasta el más mínimo detalle.
Para alcanzar el mito es necesario también contar con un nutrido grupo de intelectuales que lo ensalcen, que hagan ver a la masa las grandezas tantas veces ocultas a los que no se detienen a reflexionar sobre los valores trascendentes. José los tuvo, los tiene aun, a Dios gracias, en Vicent y Javier. Tras de la parte narrativa de los aconteceres de 1920, los autores se sumergen en la trascendencia citada, en cómo se contempló, y utilizó, la muerte de Joselito en su momento. En el brillante capítulo de “La muerte como escenario para la reflexión” nos llevarán de la mano para explicarnos cómo se vivió el acontecimiento, cómo se extrapoló el suceso a la vida nacional, cómo se interpretó, de una u otra forma, como metáfora, ejemplo o antítesis de la sociedad española de esa segunda década del siglo.

(Colección personal)
Y por último, en cuadros clarificadores se nos brindará la información escueta de la temporada gallista de 1920 y lo que hubiera llegado a ser… Hasta 93 corridas contratadas he llegado a contar que no pudieron celebrarse ya con el ídolo.
Vicent Climent y Javier Vellón, o viceversa, han realizado un gran trabajo, magnífico. Nos han acercado al héroe, nos han puesto sobre la mesa, negro sobre blanco, la realidad del mito. Los que, como ellos, nos consideramos gallistas de acepción y vocación, les estamos agradecidos. Los que busquen el conocimiento preciso de la historia encontrarán en estas próximas páginas un caudal inagotable de nuevas fuentes y de hechos contrastados.
Javier Vellón y Vicent Climent no son plumas desconocidas en el terreno de las letras, menos aun en el de las taurinas. De sus plumas han salido incontables páginas bellas y precisas, inteligentes y profundas. Son autores habituales en las crónicas de festejos levantinos; desde su Castellón vital recorren año tras año innumerables plazas de toda la geografía peninsular –y aun de allende los Pirineos- en la búsqueda de las sinceras emociones que de tanto en cuanto departe y reparte el arte de la tauromaquia. De sus inteligentes crónicas aprendemos todos cada día. Son, pues, dos escritores mucho más que acreditados, y así lo demuestran de aquí en adelante. Su visión de la tauromaquia, como nos ocurre a la mayor parte de los aficionados, es coincidente; a poco que uno se detenga a pensar, a considerar, a valorar –para lo cual han de tenerse bases suficientes, como es lógico-, se habrá de coincidir en lo fundamental, y quizá en la mayor parte de lo accesorio, con ellos. Siempre cabe una interpretación estética personal, pero no cuestionar las raíces profundas del arte o la técnica del toreo y la exigencia de un toro de lidia con mayúsculas. 

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