lunes, 25 de junio de 2012

Una leve brisa refrescante en bochorno ganadero

Madrid, 24 de junio de 2012. Menos de un cuarto de plaza. 6 novillos de El Cotillo, correctos de presencia, mansos, descastados y flojos, de juego soso y a menos. Adrián de Torres, silencio (aviso) y pitos (aviso). Sergio Flores, silencio y silencio (aviso). Gonzalo Caballero, ovación (aviso) y silencio.

La ansiada novillada entre los dos jóvenes prometedores se quedó en nada. Por una parte la cogida sufrida por Gómez del Pilar desdibujó el cartel del mano a mano previsto, en el que la emulación y el ansia de triunfo podían haber motivado de forma especial a ambas promesas. Por otra, el lamentable juego del ganado, al que acabaron por pitar hasta los extranjeros –ayer mayoría absoluta en el coso de Las Ventas-, dio al traste con el festejo. Y es que cuando falta la materia prima, por más mono que uno se ponga… sigue quedándose en mono.
Esta ganadería de El Cotillo que ayer se presentaba en la plaza madrileña, y que nos anunciaba el programa que era “de procedencia Juan Pedro Domecq” –como si eso fuera ya garantía de absolutamente nada-, hizo su aparición y debería haber hecho su desaparición del coso venteño. [Por cierto, ya podían ponerse de acuerdo los redactores del programa oficial (figura el logotipo de empresa y Comunidad en su cubierta), porque en páginas interiores dicen que el origen no es propiamente Juan Pedro, sino Jandilla, lo que en efecto es tal cual; error subsanable si para escribir con mayor propiedad hubiesen dicho que “de procedencia Juan Pedro Domecq Díez” o “de encaste Juan Pedro Domecq”]. Sea como fuere, entre la mansedumbre ñoña y descastada del ganado, la falta de fuerzas clamorosa de más de uno de los lidiados –con la aquiescencia de don César, ayer en el palco-, y la falta de interés general de sus borreguiles embestidas, nada o muy poco de lo que ayer se hizo en el ruedo tuvo el más mínimo atractivo. 
El tercero, Decano, 468 kilos, aunque inválido fue el de mejor nota en la muleta (Foto: las-ventas.com)
Le recordamos al presidente del festejo –seguro que no le hace falta- que una res inválida no es apta para la lidia, y que el artículo 84 menciona que podrán ser devueltas las reses que sean “manifiestamente inútiles para la lidia”. Es obvio que una res inválida, que se cae repetidas veces –incluso antes de llegar a tomar la primera vara, muchas veces la única, como ocurrió ayer-, debiera ser rechazada por su manifiesta inutilidad. Si le hemos de pedir al toro de lidia que desarrolle un notable esfuerzo físico a lo largo de la misma, el que no presente, ni aun de salida, las fuerzas necesarias para afrontar con garantías y dignidad esa lucha, le hacen inútil para el fin que se pretende. Es cierto que algunas reses, a trancas y barrancas, podrán mantenerse –entre caídas y merced al trato recibido por el espada- en pie a duras penas hasta el final. Pero, ¿es eso lo que se espera de un toro de lidia; no estaremos con ello torturando a un animal casi indefenso, dando excusas a los manifestantes antitaurinos? ¿Se sostiene la ética de la corrida de toros, sobre animales tambaleantes, que se rebozan por la arena? ¿El público, enfadado por la manutención y permanencia del inválido en el ruedo, apreciará lo que con él se haga en todas las ocasiones –sí… ya sé que en algunas transigirá con ello-? ¿Es ésta la fiesta que queremos perviva a las dificultades actuales, o morirá ante la falta de interés, ante la ausencia de un animal encastado, con movilidad y fuerzas correspondientes? Cuando pedimos a los veterinarios y equipo presidencial un reconocimiento previo –en dos fases- de las reses, ¿no es, precisamente, para que aseguren al espectador un festejo digno, conforme a unas garantías exigidas en la Ley Taurina, con animales con trapío, edad y facultades físicas apropiadas –para ello se valora a priori su estado sanitario-?
El primer animalito se caería hasta cinco veces, cuando menos arrastrando cuartos traseros o delanteros por el suelo (no cuento pérdidas de manos); el segundo no fue picado en absoluto en el segundo encuentro (aunque empujó bastante en el primero) y se paró rápidamente; el tercero se cayó antes de entrar a los caballos y repitió en la misma acción –ojo al parche- ¡¡nueve veces más!!; el cuarto, al que tampoco se picó en segunda instancia, fue un buey rajado y huidizo; el quinto, que también besó el suelo antes de que salieran los del castoreño, repetiría la hazaña hasta tres veces más; y el sexto y último, a Dios gracias, lo hizo dos veces antes de la suerte de varas y tres más en lo sucesivo, queriendo echarse a lo largo de casi todo el trasteo. ¡Bravo espectáculo éste en el que en vez de lid el espectador ve cuidar moribundos!
Así que poco más podemos añadir. Adrián de Torres, colocado en su primero al hilo o algo más fuera, sólo dándole muchos descansos consiguió hacerle tomar la muleta, con suavidad, pero sin mucha limpieza y con pérdida del trapo en una ocasión. Era como ver torear de salón… pero con una longitud innecesaria y exagerada –oyó un aviso antes de coger la tizona-, frente a una babosa ayuna de casta y de fuerzas. Una estocada caída y perpendicular y a otra cosa. En el cuarto menos aun; el bicho era un buey de tomo y lomo, que se rajó desde el principio y con el que daría hasta casi dos vueltas completas al ruedo… eso sí, siguiendo los pasos del cornúpeto. Ya no se sabe lidiar, ni someter, ni obligar, y lo que es peor, se abusa inmisericordemente del precioso tiempo del aficionado por ver si en el septuagésimo quinto intento se logra arrancar un olé a la familia y amistades. Después de una persecución casi olímpica, lo despacho –escuchando un recado del palco- de un pinchazo bajo y una entera por el hígado o más allá.
El mejicano Sergio Flores mostró alguna manera, y lo intentó -al menos- con el capote. Replicó a Caballero en su primero con unas tafalleras entreveradas con chicuelinas, y recibió a ambos intentando lucirse. Pero su primero fue un toro a menos que se fue complicando y con el que estuvo despegado y fuera de la rectitud, aliviándose sin necesidad hasta el final. Media desprendida lo mandó al desolladero. En el quinto me gustaron las formas en el tanteo por alto, aunque el bicho protestara con genio y sacara complicaciones ciertas. Algo más fuera que antes, sin mucha limpieza, sólo cuando tomó la zurda y bajó la mano al natural, le vimos varios lances de aprecio, para volver a las andadas con la diestra. Un desarme y el acorte de distancias –donde el novillo le protestaba más- empobrecieron la imagen de la faena en sus postrimerías, que no logró levantar ni con el recurso al populismo. Un aviso y una entera con desarme, contraria, que hizo guardia, más dos descabellos para no escuchar esta boca es mía del respetable.
Gonzalo Caballero estuvo bien en el inválido tercero. Miren como caminaba el pobrecito (Foto: las-ventas.com)
Fuimos a la plaza principalmente con ganas de ver a Gonzalo Caballero repetir lo de la isidrada. Pero el joven madrileño no tuvo muchas opciones. Su inválido y manso primero, aunque embistió sin fuerzas, fue a menos rápidamente y nada decía. Caballero no termina de definir su personalidad pero es distinto, es diferente en sus incipientes maneras. Intenta hacer las cosas con cierta verdad y eso es más que loable en los tiempos que corren. Hizo un quite por gaoneras –algo aceleradas- en el novillo de Flores, lo intentó con el suyo de recibo; daría unos delantales a pies juntos en el postrero de la corrida…, y demostró más voluntad que arte con el percal, en definitiva. Con la franela, en una estética que a mi buen amigo Pepe Campos le recordaba los buenos tiempos de Gregorio Tébar “el Inclusero”, aunque más de perfil en los lances a mi juicio –en los cites iniciales de cada tanda, daba tres cuartos-, se quedó bastante quieto y lanceó desmayado, pasándoselo por la tripa, muy cerca, sin artificios y con la virtud –además- de la ligazón. Lástima que el bicho no fuera nada. Hubo un final clásico en el que destacó un precioso ayudado por alto mucho más que bueno, con rotundo sabor añejo y unas manoletinas –a mi juicio superfluas- más apuradas que estéticas que fueron lo más aplaudido de la faena (¡vivir para escuchar!). Lo que pudo haber sido lo malogró con la espada: un pinchazo bajo, otro caído, una entera trasera, con sonido de clarines y un descabello dejaron su premio en una sincera ovación con saludos. Poco más pudo hacer con el sexto, otro castaño que resultó ser castaña, manso, inválido y descastado. Y eso que comenzó el muleteo con estética y mando en unos ayudados por bajo, genuflexo, con buen sabor. Pero el novillo comenzó a tardear de inmediato, se sucedieron las pausas, los entretiempos, el tartamudeo en la dicción del toreo, humillando la res como para echarse en cualquier instante y protestando cuando conseguía el diestro que acudiera al envite. Hubo petición popular de que lo matara –como sucedería también en primero, cuarto y quinto- y accedió a ello de un pinchazo –no exento de un leve cuarteo- desprendido y una rinconera entera y verdadera. Habrá de mejorar en este aspecto si no quiere quedarse en el camino de tantos. Por lo demás, un soplo de aire fresco en el panorama novilleril, una leve brisa en tarde de bochornoganadero. ¡Bendito sea!

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